FRANCISCO Y EL DESAFÍO DE RECOMENZAR

FACTOREAR A FRANCISCO

El primer Papa no europeo, no del norte, latinoamericano, resultó ser de un país latinoamericano poco “clásico”. Vino de Argentina. Y, para sumar un rasgo más, es hijo de inmigrantes italianos. Sus planteos y pensamientos han generado en el mundo reacciones fuertes, críticas, decepciones y, de manera particular, provocaciones y desconciertos.

Recoge al mismo tiempo lo central de la doctrina social de la Iglesia y las coordenadas más fuertes de la tradición latinoamericana en sus diversas vertientes. Pero, junto con eso, plantea algunos rasgos de estilo, contenidos y criterios propios de su fuente y experiencia argentina. Es un Papa del fin del mundo, venido de una periferia anómala. Un doble momento y motivo para traerlo a esta reflexión.

Por un lado, está presente el esfuerzo por captar lo que Francisco dice: la singularidad (latinoamericana y argentina) desde un lugar central. Tratar de comprenderlo como un acto de reconocimiento con la sabiduría, la historia, las marcas y las controversias de nuestro pueblo. Pero también como un reflejo nuevo de lo que somos o podemos ser y de lo que tenemos para aportar. También es ver a Francisco y entender cómo uno de los nuestros, uno que nació y vivió en Flores, comió pizza en la Avenida Corrientes y fue al Luna Park, vivió en Córdoba y caminó por los barrios de Buenos Aires, llegó a estar en el centro y a cargo de la conducción de la institución que da origen a Occidente. Francisco es alguien que pudimos ver como conciudadano y compatriota. Con las marcas de nuestra historia, pero también con elementos de nuestra tradición de pensamiento y política que nos son “devueltos” para un nuevo procesamiento.

Por eso, no se trata sólo de Francisco. Se trata, para nuestra reflexión, de Francisco como “factor” y, por tanto, también de una intervención. Para que sea “factor” -y no sólo elemento de contemplación, discusión o cita- debe ser “factoreado”. Hay que hacer ingeniería inversa de sus elementos tomando los vectores de sus provocaciones como guía. Hacer una operación sobre el pensamiento de Francisco para que podamos operar con él.

Alguno ha dicho que en la tarea política “quien opera a un operador tiene 100 años de perdón”. A los planteos de Francisco hay que responder no sólo ni tanto adhiriendo o rechazando, sumando o criticando, sino sobre todo con otra operación. El primer punto de esa operación es dejar de ver la figura, el héroe, el líder, y ver lo que dice y lo que quiere crear. Para eso, la propuesta es desmontarlo en sus diferentes dimensiones y trabajar sobre y con ellas. Pensarlo dos veces, y responder con acción.

Entonces, en cuanto a la figura y el pensamiento del Papa, la propuesta es hacer una ingeniería inversa, indagar para poder comprenderlo y, al mismo tiempo, operarlo. Tratar de comprenderlo como un acto de doble reconocimiento, de reconocimiento cruzado. Como momento de universalización y proyección global de lo que se gestó en esta parte del mundo y en la historia que experimentamos y llevamos como memoria y pensamiento. Como política al fin. Además de este reconocimiento-proyección que señala el aporte que toca hacer en la tormenta del mundo, está el reconocimiento-espejo, el reconocimiento-interrogación. El que invita a ver, con la distancia y el extrañamiento propio de reconocer a “un cercano” como Papa, lo singular nuestro, lo más propio puesto en unas coordenadas diferentes, que dejan a la vista la particularidad del propio recorrido. Con todos sus límites, pero también con toda su fuerza.

A la anomalía de su origen se suma tal vez la de su pastoral y magisterio. Y, sobre todo, la de sus gestos e intervenciones. Es difícil encasillarlo como progresista o conservador. Los binarismos a través de los cuáles generalmente se piensan muchas cosas en Francisco no funcionan del todo. Ahí se esconde una de las potencialidades que tiene su figura, y que puede ser signo de lo que no se deja capturar del todo por lo instituido, aunque incomode al pensamiento habitual, incluso el propio y el que consideremos el mejor. Tomado de cierto modo, habilita una fuerza, una dirección, una intención, difícil de poder encuadrar o caracterizar.

En Laudato Si, su documento más conocido, Francisco dice que el mundo no es (sólo) un problema resolver, sino sobre todo “un misterio gozoso”. En el mismo movimiento, su desafío no va tanto ni sólo contra el sistema capitalista. Francisco cuestiona principalmente el paradigma. Instrumental, racional, burocrático. Dicho en criollo, ese mundo “pasado de rosca”. Le apunta al pensamiento que se excede en lo procedimental, descuidando y matando el misterio. Pero sobre todo el gozo. Lo hace hacia adentro de su institución, pero también como una forma de señalar el mecanismo a través del cual el neoliberalismo funciona y se reproduce, y que en algún punto trasciende el neoliberalismo mismo.

Ese mismo pensamiento instrumental, económicamente utilitarista, es el que muchas veces ubica a las periferias solamente como el lugar donde están los problemas. En esa lógica, la periferia no es fuente de nada, sino un lugar sobre el cual intervenir para, en el mejor de los casos, resolver algo. Para el paradigma tecno burocrático, la periferia es mero emplazamiento de los déficits y las carencias. Asumir el mundo como misterio gozoso abre el juego y habilita una resignificación para que las acciones que desde y en ellas se desarrollan, y quienes pensamos y vivimos en ellas, podamos también ser fuente de otra cosa. De pensamiento. De acción. Y de alegría.

Por eso, cuando decimos “Francisco y el desafío de recomenzar” lo que estamos convocando es una suerte de reverso del fin del mundo. La otra cara de la moneda. La clave es esta: para recomenzar hay que re-presentarnos. Hacernos presentes de otro modo (re-presentarse eso) en la escena del fin, desde los confines. Volver a hacernos presentes, jugadores y actores, y asi re-configurar el mundo. De ahí que podemos decir también: Francisco y el desafío de representar. En los planteos que siguen se habla de los modos de representación. Francisco, su pensamiento y acción, como figura universal. Una imagen, un símbolo, una representación. Francisco como un icono periférico-universal. ¿Pero a título de qué? ¿Como reflejo de qué?

De un tipo de Iglesia pero en última instancia de los pueblos y sus imágenes e imaginarios.

 

Pero una imagen, como una representación, siempre es una construcción. Entonces aparece la cuestión de con qué criterio construimos la imagen. Donde se dice imagen, digamos también pensamientos sobre nuestro pueblo. Del mismo modo que “representación”, se puede tomar por lo menos en cinco sentidos: como hacerse nuevamente presentes, con una identidad. Como participación en un “drama”, desempeñando un papel en un conflicto. También en el sentido político de representar a otros, a un conjunto, al estar en nombre de en tal o cual escenario o discusión. Y, otra vez, representación como imagen que constituye sujetos y mundos.

En el pensamiento de Francisco la idea central es la de pueblo. Categoría que está allí cargada de múltiples pesos y memorias históricas, concepciones teológicas, experiencias y coordenadas políticas y culturales. Francisco completaría la enumeración, señalando el carácter mítico, más que lógico, de este concepto abierto y polivalente.

Si pueblo-pueblos puede ser una noción-imagen organizadora central de conceptos en esta etapa de la historia ¿Cómo se relaciona el núcleo de lo popular, la consistencia del pueblo, nuestro imaginario de pueblo, con aquello que redime, que salva? Finalmente, esa es la materia última de lo que un Papa opera -bienes de salvación-, pero también lo que está en juego en el sistema mundo y en la práctica de transformación.

Operar sobre esas imágenes para que permitan operar: ese es el planteo cuando se toma en lo que sigue los pensamientos-gestos-prácticas y significados de Francisco.




MOVIMIENTOS POPULARES Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS

EMILCE CUDA 

Doctora en Teología, asesora del CELAM y docente universitaria.

El teólogo y filósofo jesuita Juan Carlos Scannone hizo una síntesis sobre el pensamiento del Papa Francisco que quisiera compartir. Para quienes no lo conocen, Scannone es uno de los dos fundadores de la Filosofía de la Liberación en América Latina. En uno de sus últimos trabajos Scannone planteó algo que es maravilloso: la lucha por la justicia es constitutiva de la evangelización. Claro, si uno se pierde en su contexto general puede pensar que eso lo dicen todos. ¿Cuál es la novedad? La novedad está en la palabra constitutiva. Él dice que el Evangelio, que es la prédica de Cristo, habla de las relaciones entre los hombres, de las relaciones con Dios, de las relaciones entre las distintas partes de los pueblos divididos, y también de las relaciones entre los pueblos. Pero además es la prédica, dice Scannone, del Reino del Padre. ¿Qué es el Reino del Padre? Él dice que es un reino social y público. Ese fue el centro de la prédica de Jesús y eso es el cristianismo. Entonces, la lucha por la justicia social no es algo ad hoc al mensaje cristriano, es el mensaje cristiano por excelencia. Si bien la filosofía fue una mediación de la teología y luego lo fue la sociología, en el siglo XXI va a haber otra mediación, que es la cultura popular. Y ahí es donde Scannone dice que el Papa Francisco aporta la nueva Buena Nueva. ¿Cuál es esta nueva Buena Nueva? La lógica de la misericordia. La misericordia, dice justamente Scannone, es un amor visceral, un amor carnal, un amor concreto, una emoción que conducida por una comunidad se convierte en acción política. 

Scannone solía decir que el tema es siempre poder ver por donde pasa Dios hoy. En teología se le dice los signos de los tiempos. En esta crisis, que es una pero tiene la cara humana y la ambiental, Dios está hablando. Hay un signo de los tiempos, y hay que buscarlo. Ese signo, según la interpretación que hace del Papa Francisco, son las organizaciones populares. Ahí es donde hay que escuchar a Dios. Esto se explica mucho cuando vemos que el Papa dice que hay que ir a la periferia, que el cambio viene de abajo. “Ustedes son poetas sociales” dice Francisco.

Hay una imagen extendida respecto a los místicos como seres individualistas y abnegados. Se los piensa como seres que conciben el cuerpo como el principio de lo malo y que ven los ejercicios ascéticos como medio para exiliarse del ser y así llegar al anonadamiento en el que se pierde todo tipo de deseo. Es en esa soledad absoluta donde se experimenta lo absoluto del ser. Sin embargo, resulta que hay algo que en Argentina se le llama la mística popular en la cual uno llega al “anonadamiento” porque la sociedad lo puso en ese lugar de la nada. No tengo que hacer ayuno porque no tengo nada para comer. No tengo que flagelarme el cuerpo porque mi cuerpo está golpeado. No tengo que irme al medio del desierto para estar solo porque aunque esté en medio de una gran urbe nadie sabe mi nombre, nadie me mira, nadie me reconoce. Ese anonadamiento que buscan los platónicos y los místicos, el pueblo lo tiene sin buscarlo. Y en ese anonadamiento, dice Scannone, se llega a la connaturalidad con Cristo por el sufrimiento. 

Cuando el Papa habla de “las tres T”  está llamando a una conversión que tiene que ver con las instituciones. Eso es una tarea que sobrepasa la economía. La política está por encima de la economía. La política tiene como fin que los bienes lleguen a todos, y la economía se ocupa de los medios eficaces para que la política lo garantice. El problema, dice Scannone, es la economía. Por eso es que los movimientos sociales, los descartados, las periferias, tienen que participar de las decisiones políticas y de una manera real. No votando cada cuatro años, sino interviniendo en los procesos de toma de decisión. Pero para poder comprender esto uno tiene que ser contemplativo, porque para escuchar a Dios, para ver el signo de los tiempos, hay que estar muy atento y saber mirar dónde está ese saber. Ese saber está en los pueblos, está en las periferias, pero está dicho en otro lenguaje. Hay muchos lenguajes además de las palabras: los números, la música, la pintura. Y en tiempos en que el lenguaje de la palabra está bastante tomado por el poder hegemónico, hay que atender esos otros lenguajes si uno quiere escuchar a la periferia.

Esto es un aporte que hace Francisco al mundo. Recibe muchas críticas porque es difícil de entender. Pero esto tiene una explicación teológica y no política. En ese pueblo hay una voz que está hablando. Hay un espíritu. Por eso el Papa habla tanto de la conversión espiritual. Estas estructuras van a cambiar en la medida que podamos hacer una conversión interna, y tiene que ver, como dice en Francisco en Querida Amazonia, con desarrollar la sensibilidad. Es una conversión estética. Tenemos que aprender a contemplar la belleza, tomarnos un tiempo para ver que hay cosas que han sido hechas para ser miradas y no utilizadas. Es lo contrario de una racionalidad que está pensada en función del uso, el abuso y la concentración. Hay que volver a la estética, ponerla en juego con la política y la evangelización. Hay que desarrollar la sensibilidad, volver a sentir, a manifestar afectos. 

Desapareció esa sensibilidad, y sin sensibilidad la cosa no va a cambiar. El Papa dice que hay que volver a sentir. De eso se trata la mística. La mística es lo contrario de la monástica, que era apartarse del mundo, no trabajar, solo orar. Como cuenta el Papa, en un momento los monjes se dan cuenta de que se están deshumanizando y tienen que volver a trabajar. Ahí viene la reforma monástica, el ora et labora. Sin trabajo no hay perfección de la esencia humana. Ese es su condicionamiento. El hombre es cocreador con Dios, y el trabajo es creación. Por eso cuando los teólogos cristianos nos ocupamos del trabajo no es un reclamo político y económico, es teológico. El trabajo es una actividad creativa a partir de la cual el hombre se parece a Dios.

Se trata de volver a poner en valor el trabajo en el medio de un capitalismo financiero que lo ha suspendido estructuralmente, porque encontró el modo de acumular la renta evitando el momento de la producción. Y en esto los movimientos sociales son activos. Veremos si realmente esta pandemia fue un kairos, un momento oportuno para que el mundo del trabajo se reorganice y levante. De no ser así, habremos perdido la oportunidad histórica.

CERTEZAS ANTICIPADAS: GRANDES TAREAS, MIRADAS, MISERICORDIA Y SEÑALES

DANIEL SANTORO 

Artista plástico

En mi barrio de Buenos Aires está la Iglesia de la Piedad, un lugar al que suelo asistir. Es una Iglesia grande, antigua, estricta y poco cuidada en cuanto a lo pastoral. Hace algo más de diez años estaba muy decadente. El cura párroco estaba muy desgastado. Las misas muy vacías, escuálidas, sin magia. Y no se como fue, desconozco los pormenores, pero resulta que en el templo subieron una imagen del Señor de los Milagros. Es una famosa imagen de cristo que tiene una celebración muy importante en Lima, una de las manifestaciones religiosas más grandes de Latinoamérica. Junto con la llegada de muchas familias peruanas al barrio, se fue constituyendo una cofradía que le rezaba. Fueron a ver al cura con la expectativa de hacer algo en torno a la imagen y la idea funcionó. El cura los habilitó, les dio la oportunidad de organizar celebraciones del Señor de los Milagros, y la Iglesia se colmó. Cambió totalmente la energía del lugar. Se llenó de familias que empezaron a organizarse en una cofradía muy importante y vital. Las misas se convirtieron en una fiesta popular, con las familias enteras haciendo guirnaldas de flores y preparando la fiesta que, hoy en día, es impresionante. Se corta la calle Paraná, llegan hasta la plaza y hay comidas típicas. 

Pero hay un detalle de toda esa época de la parroquia que a mí me llamó muchísimo la atención. Un día entro al templo y veo en el piso unos stickers, estilo pop de la década del sesenta, que eran como patas de osos con los dedos redondos. Los stickers seguían un trayecto por el suelo de la parroquia. Había una patita, otra patita y un corazón roto. Así trazaban un camino. Patita, patita, corazón roto. Patita, patita, corazón roto. Este sendero te llevaba hasta el confesionario. Alguien lo había hecho porque pensó que el confesionario no se veía bien desde la entrada de la Iglesia. El templo es muy grande, muy ancho, y los confesionarios están ocultos detrás de unas columnatas. Entonces estaban los stickers que organizaban el camino hasta el rincón. Patita, patita, corazón roto. Ahora, lo delicado y fantástico del asunto es que a la salida del confesionario también seguía el camino y te llevaba hasta afuera. Pero ahora, después de las patitas había un corazón sano. Patita, patita, corazón sano. Patita, patita, corazón sano, patita, patita. Estaba el efecto puesto gráficamente de lo que significaba irse a confesar ahí. Tener el corazón roto y después el corazón sano. 

Me parece que esos son los detalles del saber popular, un saber que se hace carne y empieza por la habilitación del cura. El sacerdote abrió las puertas y de pronto el pueblo estaba ahí, su gráfica, su forma de comunicación y su empatía. Muy sencillamente, el pueblo te está diciendo lo que significa la confesión, nada menos que sanar un corazón. Esa comunicación tan directa, teológicamente tan difícil de abarcar, se siente rápidamente cuando habilitás a que el pueblo se pueda expresar sencillamente. 

Lo paradójico es que al poco tiempo sacaron los stickers porque la Iglesia es un monumento histórico. El problema fue institucional. Lo consideraron un acto de vandalismo, y el cura pidió que los stickers fueran levantados porque sino tendría un tipo de sanción, incluso económica. Hay una tendencia muy elitista y muy endógena. Muchos curas tienen los templos como secuestrados. Se enamoran del edificio, se la pasan puliendo altares y no hay ninguna posibilidad de una intervención popular. No hay una marca que empatice con el saber popular. El problema que pasa con casi todas las Iglesias del centro es que se convierten en museos. Entonces hay ahí una referencia, una captura, una ciencia del edificio, convirtiendo a la Iglesia en un intangible. Todo lo que se haga ahí adentro que no esté entre los márgenes de lo que el edificio puede tolerar está mal visto. Entonces se vacían con más facilidad. Rige demasiado la severidad, la ley, como un cambio de misericordia. Las Iglesias que se convierten en museos y además son Iglesias perdidas para los usos populares. 

Por eso me interesó mucho lo dicho sobre el tema de la imagen, de la contemplación, del mirar y no juzgar. Eso es algo muy interesante. Tiene que ver con la beatitud y la mirada. El ícono genérico de la Virgen, el punto de fuga de esa imagen, siempre es la mirada. Y eso tiene que ver con el cuidado, con la posibilidad de que haya un auxilio. Alguien que te mira con ternura es alguien a quien uno puede acceder. Así es el típico ícono de la Virgen María, y tiene que ver con el ícono de Eva Perón. Algunos compañeros están trabajando por una beatificación de Eva Perón. La imagen que toman no es la del micrófono, la que está en el edificio de la 9 de Julio y mira hacia el norte con su propia voz, sino la de la “Razón de mi Vida”, que mira al sur. Es una imagen de Eva con la mirada en el centro. Esa tiene un tono religioso, de la contemplación.

Siempre me viene a la mente una película que suelo usar como metáfora de la creación artística. Se llama Andrei Rublev, del director ruso Andrei Tarkovski. Es la historia de un gran pintor de íconos religiosos de la Iglesia Ortodoxa. La trama narra como Andrei Rublev tiene una crisis al recibir el mandado de pintar la gran catedral de Moscú. Él entra a la catedral y tiene todas las paredes en blanco. Le da una crisis, realmente. Huye de ese encargo, que era pintar los íconos más importantes del imperio, y comienza el itinerario de un nuevo aprendizaje en su vida. Todas las desgracias de la humanidad las vive él durante ese exilio que se autoimpone por no encarar ese trabajo. Hacia el final, se encuentra con un chico de quince años, el hijo del constructor de campanas más importante de Rusia. Él había quedado huérfano y Andrei lo adopta, cuando justo llega un encargo. Le vienen a pedir al padre, que no sabían que había muerto, que funda la campana para la Catedral de Moscú. El chico comunica que su padre había muerto y que él era el único que conocía el secreto de la fundición de las campanas de plata. Si no lo hacía él, nadie iba a poder hacerlo. Luego de semanas de trabajo, llega el día de la prueba. El Zar, junto con toda la comitiva, llegan para probar la campana. La levantan, abren el molde y, finalmente, empieza el badajo gigantesco a moverse. Milímetros antes de que tocara ya se siente el sonido. Es impresionante. Se escucha en toda la comarca; es el sonido más maravilloso que se puede escuchar. Y, en ese instante, el chico se derrumba. Después de haber estado activo durante meses trabajando de una manera impresionante, cae en los brazos de Andrei Rublov y empieza a llorar desconsoladamente. Andrei le dice “¿Porquè lloras tanto, si salió todo bien?”. Y el chico responde “el problema es que el canalla de mi padre nunca me dio el secreto de la fundición de las campanas de plata”. Entonces a Andrei Rublev se le revela una verdad y le dice “no te preocupes, ahora iremos por Rusia: vos fundís campanas, yo pinto Iglesias”

Así termina la película. Creo que es una lección, primero, sobre la misericordia y después, sobre cómo uno puede asumir las grandes tareas sin tener necesariamente recetas. Simplemente teniendo la capacidad de ver, de percibir en el ambiente, las señales para que las cosas se puedan producir. No hay solamente un saber racional. Hay un saber de la tierra, de la intuición, de la certeza anticipada