hipótesis de transformación
de la argentina 2021

Lanzamos públicamente el Polo Formativo Del Fin Del Mundo, y lo hicimos conversando junto a Victoria Tolosa Paz, presidenta del Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales del Gobierno Nacional, y con el monseñor Gustavo Carrara, Obispo Auxiliar de Buenos Aires, pero además un referente fundamental de la pastoral villera. Proyecto de país, hipótesis de transformación, y la periferia anómala, fueron los ejes que anudaron estas reflexiones sobre el país que será necesario reconstruir después de la pandemia, con la fuerza y las banderas de nuestra tradición, pero también con una escucha atenta del pueblo

Néstor Borri – El Polo Formativo del Fin del Mundo (PFFM) es un proyecto en el que venimos trabajando desde hace un tiempo ya. La iniciativa la gestamos en una instancia anterior que se llama Equipo de Asesoría Local del Cono Sur, donde trabajamos acompañando un conjunto de proyectos sociales y de desarrollo, en el marco de la intervención en el Cono Sur,  de una institución europea, parte de la Iglesia Católica de Alemania: MISEREOR. 

En este marco surgió la idea del PFFM. 

Cuando elegimos el nombre,no existía todavía la pandemia ni teníamos esta sensación de “fin del mundo” del último año. Sin embargo, el nombre fue jugando y dialogando  un poco con esa sensación de crisis y de fin de época, que existía más tenuemente antes de la pandemia y que con ella se plasmó con nueva fuerza. 

Pensamos la iniciativa como un polo. Un polo magnético: por este lugar periférico desde el que  nos ha tocado reflexionar, ver el mundo, vivir el mundo. Acá, el fin del mundo desde el que nos  ser universales y al mismo tiempo locales. Hay una singularidad al trabajar las narrativas sobre el mundo desde la Argentina, donde el casillero de “país emergente” nos cabe más o menos. También el de periferia, aunque está claro que estamos en ella. Por eso,uno de los ejes p que estructura este proyecto es cómo hacer una reflexión constructiva desde una “periferia anómala” , la neustraArgentina en América latina. 

Pero hay algo más detrás del tema del “fin del Mundo”.  Tiene que ver con el pensamiento del Papa Francisco. El mismo que dijo, cuando lo eligieron,  “tuvieron que ir a buscar un Papa casi al fin del mundo”. 

El fin del mundo es un lugar que es espacial: acá, el extremo sur, la última periferia, “donde el diablo perdió el poncho”. Esta lejanía misteriosamente asociada al centro.  Fin del mundo tiene que ver también con el tiempo: el momento de inflexión, histórico, geopolítico y existencial que estamos viviendo. Un apocalipsis, pero no en el sentido de la catástrofe sino del más profundo, más preciso también, de momento de revelación, inflexión y decisión. 

Lo pensamos, también, como formativo. No sólo en el sentido más básico de formación en tanto  capacitación, sino sobre todo como la puesta en forma de nuestra propia mirada, de nuestro propio nosotros. La formación tiene que ver también con la formosura, la hermosura, la mucha y buena forma -como esa vuelta hermosa que pega el río Paraguay en el norte argentino y da el nombre a la provincia de Formosa-. 

Poner en forma la fuerza, que es también encontrar la propia belleza de lo que somos y de lo que nos toca hacer.

Ojalá lo único que nos pasara fuera la pandemia, pero nos pasan muchas cosas. Hay muchas pandemias, muchas crisis, y ahí es donde damos las batallas. En nuestras reflexiones solemos decir que el fin del mundo no es, propiamente, la catástrofe. El apocalipsis es lo que podemos pensar, analizar, rezar y hacer en el momento decisivo. Es la búsqueda de una narrativa para atravesar las cosas últimas, fundamentales, y lo momentos de recapitulación

Nuestra reflexión está organizada en cuatro ejes, o matrices de análisis: 

1) La periferia anómala: Argentina, país excéntrico, ni muy periferia pero con muchas vocaciones distintas que nos toca tramitar, entender y compartir hacia afuera. 

2) El pensamiento Francisco: también singular, primer papa venido fuera de Europa, con un énfasis muy importante en el pueblo, porque nosotros decimos que Papa y pueblo son términos reversibles. 

3) Las hipótesis de cambio y transformación social, en plano de la acción y de las estructuras.

4) Algo que nos une a MISEREOR y a otras organizaciones: el tema de la cooperación internacional. Lo entendemos con la pregunta ¿Cómo intervenir? ¿Cómo encontrarse? ¿Cómo nos encontramos?

Santiago Barassi: El Polo Formativo Del Fin Del Mundo tiene la intención de ser un espacio para generar reflexiones y darle forma a lo mejor de esta tierra. Queríamos encontrarnos en este lanzamiento público del PFFM tomando como referencia el título: “Proyecto de país, hipótesis de transformación, desde la periferia anómala”. Y lo hacemos junto a Victoria Tolosa Paz, presidenta del Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales del Gobierno Nacional, y con monseñor Gustavo Carrara, Obispo Auxiliar de Buenos Aires, y un referente fundamental de la pastoral villera.

VICTORIA TOLOSA PAZ

 Muchas gracias a Santiago y a Néstor. Es un honor estar presente. La pandemia nos permite darnos estos espacios para reflexionar de qué manera esta crisis mundial, que no distingue ni razas, ni colores, ni etnias, ni sistemas económicos o políticos, castiga a todos por igual.

Para quienes desarrollamos desde hace mucho la militancia política y cumplimos nuestro rol como  hombres y mujeres de Estado, la situación de hoy nos coloca ante el desafío de recapitular si lo hecho hasta aquí y ahora alcanza; si es suficiente. Son momentos para repensarlo todo, para “hacer lío”, como dijo el Papa Francisco, y el lío pasa, en nuestro caso, por saber que si los caminos de reconstrucción son los mismos caminos seguidos en el pasado, nos espera como resultado final una Argentina con los niveles de indigencia, de pobreza, que estamos conociendo en estos meses.

Soy de las que piensan que estamos cada vez más lejos de los criterios de la justicia social, de una patria más justa, libre y soberana. En un sistema que avanza y avanza, esas banderas van quedando muy lejos del Estado. La pandemia nos pone de cara a una sociedad quebrada, y tenemos que preguntarnos qué queremos hacer, qué país queremos construir, cuáles son las bases fundantes que tenemos que repensar. Y lo digo como parte de una generación que abrazó el peronismo y leyó la doctrina justicialista, alentada por todo lo que se animó a hacer Juan Domingo Perón con Evita hace 75 años. Mucho de ese ideario, de esa construcción, se tiene que pensar en un mundo totalmente diferente, pero con valores profundos que están muy presentes en nuestro pueblo. En Argentina hay un pueblo que no alcanzó los niveles de dignidad, un pueblo que no tiene todos los derechos que están establecidos en la Constitución, que no ha conquistado su ejercicio pleno. Lo que está escrito establece los derechos y los valores, pero después vemos que vivimos en una sociedad tremendamente injusta y desigual.

En los últimos cincuenta años, desde las trágicas dictaduras, venimos padeciendo en Argentina niveles cada vez más profundos de desigualdad. Solo por unos breves años fuimos construyendo un leve acompañamiento en esa escalera de la ascensión social, pero en el lapso de cincuenta años lo podemos simplificar en apenas doce años. Y hay que decir que fue sólo desde el 2003 hasta el 2008, donde tuvimos niveles de crecimiento y de inclusión acompañada de trabajo. Con lo cual, desde que yo nací, en el año 73, fueron más años de derrotas y de entrega de un pueblo que de victorias. Y todos los años ha ido retrocediendo la capacidad de ejercer los derechos más básicos que establece nuestra Constitución Nacional. 

La pandemia no solamente agrava este cuadro, sino también que lo exterioriza de manera descarnada. Deja al descubierto las profundas heridas que durante cuatro años dejaron manifiesto su lejanía a nuestra doctrina y al ideario de lo que queremos construir. Por suerte fuimos capaces, minimizante, de derrotar ese proyecto político vía las urnas. Pero derrotarlo en las urnas no quiere decir derrotarlo en el sistema y en su praxis. Argentina tiene que replantear su modelo productivo, volverse generadora de trabajo, generadora de inclusión para todos y todas los argentinos

Somos parte de una generación que cuando mira hacia su infancia, por ejemplo, en el año 73, ve que los niveles de desocupación, de pobreza, y de la situación social en general, era mejor hace cincuenta años que hoy. En algo de esto tenemos que sentirnos responsables y explicar por qué tenemos sumergidos en la pobreza a niveles intolerables a nuestros niños. ¿Por qué el 56% de niños de 0 a 14 es pobre en Argentina?¿Por qué nos tenemos que acostumbrar a pensar que eso tiene que ser modificado en un 5 o un 10%, y no podemos animarnos a pensar que eso tiene que ser dado vuelta en los próximos tres años, de pies a cabeza, si queremos construir una patria libre y justa como profesamos? ¿Cómo esa foto es la consecuencia de un país que no se anima a dar las grandes discusiones estratégicas al interior de un sistema capitalista, pero de un capitalismo que ha dejado de ser humanitario y tiene una matriz de un capitalismo salvaje, financiero, que no solamente ha destruido la esperanza de los pueblos, sino que destruyó la vida de millones al descartarlos, como dice el Papa, a  no tener absolutamente nada?

Me niego a pensar que todo esto no tenga que ser revisado en tiempos de pandemia. Me niego a pensar que ese “lío” que tenemos que hacer no puede estar presente en las juventudes, y me niego a pensar que en nuestra generación no somos tan jóvenes para animarnos a dar esos debates profundos en la República Argentina. 

" La pandemia nos pone de cara a una sociedad quebrada, y tenemos que preguntarnos qué queremos hacer, qué país queremos construir, cuáles son las bases fundantes que tenemos que repensar."

El Polo Formativo del Fin Del Mundo es atractivo no sólo porque expresa la idea de dar vuelta el mundo, sino que hay una vuelta al interior de nosotros. Pensarnos también dentro de la Argentina, empezar a reconfigurar la mirada de la centralidad porteña sobre la Argentina federal, que es también una tarea de quienes gobernamos.

Recién Néstor habló de Formosa, y yo pensaba en cómo esa provincia, que ha construido caminos de inclusión, de trabajo, de sistemas productivos con mayores niveles de dignidad, es mirada por la centralidad porteña como una provincia pobre e inviable.  Por eso no tenemos que hacer más de lo mismo, sino animarnos a construir un debate profundo de la sociedad. Y hacerlo en pandemia, donde quedó claro indiscutiblemente el rol del estado. 

Hasta hace cuatro años esto no estaba en discusión. Hoy está el debate de si el Estado argentino tenía alguna preponderancia para regular todo lo posible para que los niveles propios del mercado, que genera estas condiciones de desequilibrios profundas, encuentren un equilibrio ante las asimetrías del sistema capitalista en Argentina y el mundo. Sin un estado que regule esas asimetrías, estamos condenando a muerte a miles de argentinos todos los días. Por ejemplo, si la matriz impositiva puede generar o no beneficios para un sistema que genera trabajo y cómo castiga la especulación, la timba y la fuga de capitales. Esas son decisiones de un estado soberano.

Pienso en algunas de las cuestiones básicas, como el sistema lógico para pensarnos y repensarnos en la generación de trabajo. Eso no ocurre mágicamente, es decir, si no tenemos un estado que vaya a mirar conjuntamente cuáles son las condiciones para lograr el trabajo en Argentina, cómo la matriz impositiva puede generar los beneficios para un sistema productivo de trabajo, y no hacemos nada ante cómo castiga esa matriz impositiva la especulación, la timba y la fuga de capitales. Esas son decisiones que toman los estados soberanos, no ocurren por naturaleza. 

¿Qué hacemos en materia impositiva para generar trabajo en Argentina? ¿Qué hacemos en materia de salud pública para ejercer el derecho más importante e igualitario del acceso a la salud? El sistema de salud lo reforzamos  en este tiempo, claramente, pero tenemos un debate muy importante entre sistema privado y sistema público. ¿No será hora de discutir de verdad que necesitamos garantizar el derecho a la salud, independientemente de si es de gestión privada o pública? ¿No es tiempo de discutir el acceso a la salud como un derecho primario, que es defender la vida, y que no puede haber sistema que deje afuera a hombres y mujeres de la Argentina fuera del ejercicio de derecho a la salud pública? ¿No es hora también de hablar del derecho a la tecnología, en este contexto donde la escolaridad es subordinada a la matriz tecnológica como única posibilidad de encuentro?

Nuestro sistema educativo está siendo jaqueado por la imposibilidad de algo que antes no estaba en la vida de todos nosotros, que es la tecnología.  Hoy, el sistema educativo ya no se garantiza por una escuela, un docente, un receptor, y un personal docente.  Se garantiza por algo que en Argentina está bajo el control de tres compañías: Telecom, Movistar y Claro. Tres compañías que tienen su propia lógica, y lejos están de velar por el derecho a la educación de todos y todas. 

Fíjense cómo la pandemia ha trastocado todo, que cuando decimos que esto es un derecho esencial, por el decreto 690/20 del presidente, puede haber un juez en Argentina sentenciando que el decreto es inconstitucional, y deja libre a las compañías ejercer la tarifa que se le antoje, pensando solamente que es un servicio privado. 

El debate profundo de la Argentina en tiempos de pandemia es que lo que estaba hace poco escrito, y era una razón de ser, hoy está puesto en jaque. Para que nosotros podamos garantizar la educación de todos y todas necesitamos que la tecnología sea un derecho esencial. Que las compañías prestadoras de servicio se acojan a la Ley de Servidores Públicos Esenciales. Que el cuadro tarifario sea con entes reguladores que van a disponer cuál es la tarifa que corresponde. Que haya un plan de conectividad federal para que la educación llegue de Ushuaia a La Quiaca de manera igualitaria.

"El tiempo de hoy nos tiene que encontrar discutiendo para construir las bases y los pilares de una Argentina que debe renacer de las cenizas, sumergida en el 50% de su corazón en la pobreza y en la marginalidad absoluta."

Cuando hablo de que la pandemia ha trastocado las políticas públicas me refiero a estas batallas que tenemos que dar, con una ciudadanía que debe entender que no es una pelea con las empresas tecnológicas, sino que son peleas de fondo,  de cómo el Estado no se corre de su tarea de garantizar los derechos. En cada uno de esos derechos esenciales hay una parada del gobierno para hacer que las mayorías los ejerzan.

Estamos lejos, obviamente, porque todavía tenemos que ganar la batalla cultural de la disputa. Es una disputa profunda a la cual, en esta ronda tercera del peronismo del siglo XXI en el poder, nos falta, obviamente, la capacidad de discutir con mayor potencia. La pandemia nos aleja de los debates, la coyuntura es demasiado urgente. Pero seguimos teniendo esta agenda donde necesitamos construir una argentina federal, igualitaria y equitativa,donde el ejercicio de los derechos sea una realidad efectiva para todos y todas.

Cuando la pobreza tiene los niveles que tiene la Argentina hoy, cuando lamentablemente miramos los niveles de indigencia en detalle en los niños y niñas, hay 15% de chicos de 0 a 10 años que están sumergidos en la indigencia. No tienen garantizado un plato de comida. Es un momento crucial donde todo tiene que ser discutido y repensado.

Hace unas horas, pude mirar el vaso lleno en lo que significa dar, por lo menos, el primer paso. Cuando Máximo Kirchner planteó el aporte solidario fue muy criticado por animarse a tocar sólo la punta del iceberg de los multimillonarios de Argentina, para quiénes pagar ese aporte solidario no iba a hacerle ni cosquillas en los pies a los niveles de rentabilidad y riqueza que tienen patrimonialmente. Asistimos a una crítica feroz de parte de los medios  hegemónicos de la Argentina. Sin embargo, ayer recibimos el reporte de que el 80% de las personas a las que se les aplicó el aporte solidario lo pagaron de forma voluntaria. Más de 280 mil millones de pesos hemos recaudados para poder redistribuir desde esa punta social, la riqueza del 1%, un dinero del que podrían vivir el 99% del resto del mundo. De esa riqueza, nos atrevemos a cobrarles un impuesto solidario por única vez, y haber recaudado para distribuirlo en las becas Progresar y que los pibes vuelvan a poder estudiar, a soñar con la posibilidad de tener una educación terciaria o universitaria, nos llena de orgullo. Y no solo va al Progresar, sino que el 15% va para resolver la integración sociourbana de las 44.000 hectáreas y asentamientos donde viven familias sumergidas en indigencia, ranchos de chapa, techos de nylon, con niños y niñas, porque no podemos garantizar su plato de comida. 

Cuando decimos que tenemos que animarnos a discutir el mapa tiene que ver con esto. Es discutir una matriz impositiva que permita a quienes ganan riqueza -porque son parte del complejo agroindustrial de Argentina- puedan ser aportantes de un impuesto ya no único e irrepetible, sino que forma parte de la matriz que genera condiciones de mayor igualdad en Argentina. La salida de la pobreza supone una Argentina donde ya no basta con crecer en la economía en un 5 o un 8%. Crecer vamos a crecer. Pero la discusión es si nos animamos a distribuir ese crecimiento y esa riqueza, si nos vamos a animar a dar debates profundos para la posibilidad de que los millones de argentinos que vayan a vivir en este territorio, nazcan donde nazcan, puedan desarrollarse, crecer y ejercer sus derechos. 

Creo que es un debate que tiene que estar en las unidades básicas, en las universidades, en las iglesias, en los barrios, las ollas populares, en la academia, en la cooperación internacional. El tiempo de hoy nos tiene que encontrar discutiendo para construir las bases y los pilares de una Argentina que debe renacer de las cenizas, sumergida en el 50% de su corazón en la pobreza y en la marginalidad absoluta. 

¿Cuándo vamos a animarnos a distribuir esta Argentina que tiene estas asimetrías, de un universo pequeño, pero muy rico, sino es ahora, en pandemia, cuando está en jaque la vida de todos y todas, y cuando seguir retrocediendo escalones no va a hacer más que seguir confirmando que tenemos que replantear hacia dónde vamos?

En la presentación hablaron de la categoría de países emergentes, a la cual hay que preguntarle ¿hacia dónde se emerge?. Yo sueño con emerger hacia un lugar en donde la Argentina sea una patria que nos permita desarrollarnos a todos, hombres y mujeres, y no solo quienes hayan nacido en Argentina, sino en esta Patria Grande que abraza a todas nuestras comunidades latinoamericanas en la posibilidad de vivir en Argentina. Soy de las que piensa y crea políticas sociales no sólo para garantizar derechos a los argentinos y argentinas, sino a poblaciones migrantes, a hombres y mujeres de diferentes razas, etnias, y creencias religiosas.

Creo profundamente que la Argentina post pandemia nos lleva a pensar que en la década que viene la Argentina se puso de pie con niveles de mayor distribución del ingreso, y no solamente del ingreso en términos de cuánto aporta el hombre al trabajo y cuánto se distribuye, sino en la accesibilidad de cada uno de los derechos. No  basta solamente  con generar trabajo, sino las condiciones para que ese trabajo, en Argentina, se exprese en el ejercicio pleno de los derechos que rige nuestra Constitución Nacional.

Los felicito por este encuentro, y me quedo escuchando al más grande de todos, el padre Gustavo Carrara, uno de esos hombres que nos ayudan a pensar no solamente la Argentina, sino también el mundo, en un sistema que se ha vuelto tremendamente injusto y desigualitario.

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monseñor gustavo carrara

Gracias a Néstor y Santiago por el encuentro. Gracias también a Victoria, por su exposición y sus palabras. Tengo una coincidencia con Victoria, y es que ambos nacimos en el 73. Así que quería comenzar tomando un poco estos datos estadísticos. Si nos asomamos a ver la Argentina del 74, encontramos que había un 4% de pobres. En números absolutos, eran entre 800 mil y 1 millón de personas pobres.  Al día de hoy, tenemos por lo menos un 42%, y el número exacto nos da cerca de 19 millones de personas. Bien describió Victoria lo doloroso de que por lo menos la mitad de los que están sufriendo en nuestra patria la pobreza y la indigencia son niños, niñas y adolescentes.

Esta es la verdadera grieta en la Argentina, la verdadera brecha que ha crecido en todos estos años, desde el 74 hasta acá. Hubo momentos en que se estuvo mejor, es verdad,  pero la tendencia general es que en cinco décadas se ha consolidado esta brecha con los últimos, más pequeños, con los más pobres. Como sabemos, las grietas políticas o ideológicas que hoy se muestran en los medios como la grieta preponderante de la Argentina han ido cambiando. Muchos que tenían una ideología hoy tienen otra. Algunos que pertenecían a un espacio político se cambiaron a otros. Pero lo que no cambia, y se consolida en Argentina, es esta distancia con los últimos.

Por eso es descriptivo advertir lo que afirma el Papa Francisco en Fratelli Tutti, en el párrafo 233. «La procura de la amistad social no implica solamente el acercamiento entre grupos sociales distanciados a partir de algún período conflictivo de la historia, sino también la búsqueda de un reencuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables. La paz no sólo es ausencia de guerra sino el compromiso incansable —especialmente de aquellos que ocupamos un cargo de más amplia responsabilidad— de reconocer, garantizar y reconstruir concretamente la dignidad tantas veces olvidada o ignorada de hermanos nuestros, para que puedan sentirse los principales protagonistas del destino de su nación».

El primer paso es sostener la escucha atenta de los más pequeños y pobres, de los más rotos, de los últimos. Sus preguntas, sus angustias, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones, tienen un valor hermenéutico de la realidad. Nos dan una mirada de la realidad que nosotros, que tenemos lo necesario para vivir con dignidad, no llegamos a captar. Sus cuestionamientos deben cuestionarnos. Tenemos que tomar conciencia de que es verdaderamente dramático luchar diariamente por lo mínimo y vital luchar por sobrevivir escapándole a la muerte, día a día.

La pregunta que tenemos que hacernos una y otra vez es si estamos defendiendo bien a los pobres en términos de dignidad humana, y muchas veces tenemos que reconocer que no lo estamos haciendo bien.

El anhelo de los pobres se resume tal vez en dos palabras: vivir bien. El Papa Francisco, que ciertamente es un hombre que sostiene la escucha de los frágiles, traduce esto en un programa de acción: tierra, techo y trabajo.  Con ello expresa el deseo profundo de los pobres. Una tierra para trabajar, para construir un techo, para cuidar una familia.  Y este “vivir bien” tiene como fruto verdaderamente la paz social. Para los que somos cristianos tiene sabor a Evangelio: felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Cuando trabajamos por la tierra, el techo y el trabajo de los más pobres de nuestra patria, estamos trabajando por la paz social y estamos poniendo en actos la Bienaventuranza de Jesús.

¿Y qué ha hecho la pandemia en todo este tiempo? Muy bien lo explicaba Victoria: ha desnudado claramente la brecha que nos separa con los más pobres y pequeños de Latinoamérica, tal vez el continente más desigual del mundo. El Papa Francisco, refiriéndose a Latinoamérica, dice así: “(…)esto se evidencia al constatar que no todos cuentan con los recursos necesarios para llevar adelante las mínimas medidas de protección contra el Covid 19. Techo seguro para cumplir el distanciamiento social, agua, recursos sanitarios para higienizarse y desinfectar los ambientes, trabajo estable, que garantice el acceso a los beneficios, por nombrar lo más imprescindible.” 

 

"El primer paso es sostener la escucha atenta de los más pequeños y pobres, de los más rotos, de los últimos. Sus preguntas, sus angustias, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones, tienen un valor hermenéutico de la realidad."

Creo que esto nos lo tenemos que grabar mucho, que ser concretos, no sólo como medidas de protección, como mencioné recién, sino como hechos que nos tienen que alarmar: ¿Todos tienen techo seguro? ¿Todos tienen acceso al agua? ¿Todos tienen recurso para higienizar y desinfectar los ambientes? ¿Tienen trabajo persistente? La pandemia hizo aún más visibles nuestras vulnerabilidades existentes, y en eso estoy de acuerdo con lo que dijo Victoria. La pandemia no solo es un peligro, sino también una oportunidad para decir que  nuestro mundo, como está organizado, no funciona más. ¿Cómo lo organizamos de otra manera?

Por eso son importantes estos encuentros para ayudar a generar una cultura del encuentro, como dice Francisco, convencidos de que el otro tiene algo que aportar. Una belleza, un don para aportar. Por eso este diálogo tiene que ir hacia hechos concretos.

Y acá aparece también una tentación, que es el desprestigio del otro. Lo único que logra es dinamizar la posibilidad de encontrar acuerdos que ayuden a aliviar, en nuestras comunidades en general, pero principalmente a los más excluidos, los efectos de la pandemia. En América Latina tenemos una habilidad muy grande para progresar en el desprestigio del otro. ¿Quién paga este proceso de desprestigio? Lo paga el pueblo. Progresamos en el desprestigio del otro a costa de los más pobres, a costa del pueblo. 

Ojo con eso. Porque mientras estamos entretenidos en la grieta que vemos en los medios de comunicación, muchas veces nos olvidamos de la verdadera brecha en Argentina,que son estas familias que viven en la pobreza y en la indigencia.

Es necesario, entonces, estar a la escucha de proyectos concretos que se van dando en distintos ámbitos. Y acá abro al tema de la comunidad también. Francisco va a decir sobre eso: “espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos,sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos, no son suficientes para abordar esta crisis. y los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora, más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar y compartir”.

El camino es el encuentro de la comunidad, que conmoviendo ante situaciones de fragilidad propone generar caminos concretos para una Argentina con un desarrollo más integral. Tierra, techo y trabajo para una Argentina con desarrollo humano integral tiene que ver, por ejemplo, crear nuevos puestos de trabajo, poblar la patria con nuevos pueblos jóvenes, posibilitar comunidades rurales organizada, conectar ciudades con acceso al suelo y a la vivienda social, conecar el territorio con una red nacional de transporte multimodal, fomentar el ahorro, reactivar la producción con nuevos asentamientos industriales, cuidar la casa común. 

Aquí estoy poniendo el ejemplo de la comunidad organizada en el mundo del trabajo entre sindicatos y movimientos, que muchas veces proponen cosas concretas, las cuales el Estado debería también escuchar, tomar y si no son suficientemente sólidas, proponer algo más sólido aún, construyendo esta cultura del encuentro.

 

"En distintos niveles, en los barrios, en los movimientos populares, en los sindicatos, en las universidades, tenemos que organizar la comunidad para que una presencia inteligente del Estado sea de mayor fruto. "

Muchas veces hay proyectos que nacen de los vecinos de los barrios, en los temas y en las propuestas, pero a veces el exceso de protagonismo de nuestra parte hace que no escuchemos a los otros, que no entremos en un diálogo, e incluso, entremos en la tentación de caer en el desprestigio del otro. Así, en definitiva, la brecha con los desprotegidos crece.

Francisco avanza y propone un paso más para el verdadero desarrollo humano integral. Dice: “porque no se trata sólo y exclusivamente de socorrer las necesidades más básicas de nuestros, es necesario asumir estructuralmente que los pobres tienen la dignidad suficiente para centrarse en nuestros encuentros, participar de nuestras discusiones, y llevar el pan a su mesa. Y esto es mucho más que asistencialismo. Estamos hablando de una transformación y conversión de nuestras prioridades y del lugar del otro en nuestras políticas y en el orden social”.

Muchas veces hablamos de resolver los problemas estructurales de Argentina, pero no necesariamente sentamos en la mesa del diálogo y del encuentro a los que padecen principalmente estas situaciones, pueden aportar mucho a la solución de los problemas. Francisco nos invita a buscar distintos modos de seguir. Y un modo es profetizar, anunciar, que es necesario una Argentina con desarrollo humano integral donde todos vivan con dignidad, y también llevar adelante acciones concretas. Si realmente nos abrimos al dolor de los hermanos ganaremos en humanidad y en fraternidad. Sino nos deshumanizamos, y lo único que germinamos es más pobreza y más dolor. Cuando el ser humano se abre al dolor gana en humanidad. Cuando se cierra, se deshumaniza.

En este tiempo una gran pregunta es acerca del futuro del trabajo, de cómo generar nuevo trabajo. Quiero destacar que la pandemia nos ha puesto de manifiesto lo valioso de los trabajadores del cuidado. En cada barrio popular podemos poner muchos y conmovedores ejemplos. Son trabajos esenciales, muchas veces no reconocidos, y de alguna manera, prueba de eso es que tardan en llegar las vacunas a las mujeres de los  comedores comunitarios que no han cerrado nunca en este año de pandemia. . Muchas veces son trabajos laboriosos y pesados los que implican el cuidado de personas. Estas trabajadoras y trabajadores muchas veces llevan adelante una vida sin salario, una vida sin derechos laborales, y contra esta injusticia debemos encontrar el modo de rebelarnos.

La situación inédita que atravesamos visibilizó también los lugares de cuidado como lugares de trabajo y de lucha contra la pobreza. La pandemia, como toda crisis, es un peligro, pero también es una oportunidad de alguna manera reconocer a estos trabajadores y trabajadoras que llamaríamos esenciales.

En el fondo, esto es lo que quería decir: en distintos niveles, en los barrios, en los movimientos populares, en los sindicatos, en las universidades, tenemos que organizar la comunidadpara que una presencia inteligente del Estado sea de mayor fruto. 

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