SOLIDARIDAD Y COOPERACIÓN

ACTUAR EN LO MÁS PÚBLICO DE LA POLÍTICA Y LO MÁS POLÍTICO DE LO PÚBLICO.

La expresión cooperación internacional contiene una palabra bella y una palabra grande. En principio, la bella es cooperación y la grande es internacional. Sin embargo, hay dos interdicciones sobre ellas. Junto con el crecimiento del sector y la profesionalización de la actividad se registra un avance del paradigma tecno burocrático e instrumental en muchos espacios, proyectos e instituciones de la cooperación internacional. A la par de esta tendencia se manifiesta, en muchos casos, un malestar subjetivo o institucional respecto a la efectividad y sentido de la cooperación para el desarrollo. Por otro lado, la vieja palabra “internacional” menciona no tanto algo grande y abarcativo, sino más bien unas de las dimensiones de la composición de lo global, que a la vez no deja de fragmentarse y, de algún modo, romperse. Algunos han denominado este tiempo como “cambio epocal’‘ o “crisis civilizatoria”. No falta quien diga el “fin del mundo” o de la globalización. “Tercera guerra mundial en cuotas”, plantea Francisco.

Es que lo que ingresa o emerge en torno a estas dos palabras, cooperación internacional, es algo central en todas las construcciones institucionales: la cuestión y la realidad de la fuerza. O sea: de las relaciones de fuerza y, más estructuralmente, de la dimensión del poder atravesando las prácticas y constituyendo las realidades. ¿En qué medida esa construcción, ese proyecto, esa idea de “cooperación internacional” tiene la potencia de marcar y de conducir otros factores? La cooperación internacional fue concebida como una alternativa a las violencias que -pocos años antes-, habían destruido Europa. Lo mismo pasa con el desarrollo en relación a la descolonización en su momento o la globalización después. Sin embargo, parecería ser que en este intento por neutralizar la violencia se hubiera perdido también la fuerza y, en algún punto, negado la política y el poder.

Entonces, si el desarrollo no es la solución sino el problema, como pueden plantear los sectores más lúcidos de la cooperación internacional desde el norte, aparece un nivel de controversia desde el sur que puede ser presentado de la siguiente manera: “Quizás para ustedes es un problema, pero nosotros todavía tenemos camino que hacer. Déjenos desarrollar e, incluso si cabe, contaminar un poco, encontrar nuestros propios límites”.

Por eso aquí, en esta sección confrontamos y ponemos en diálogo la dimensión de la cooperación internacional con la construcción política, la acción estatal y las políticas públicas. Y desde ambas perspectivas nos encontramos con el problema de los actores, las organizaciones sociales, la sociedad civil, las comunidades y sus momentos.

En ese sentido, no aparecen como opuestos política estatal y cooperación para el desarrollo desde la sociedad civil, o planteos internacionales o nacionales. El tema no es tanto desde dónde, qué se hace y quién lo hace, sino el paradigma y la concepción de qué implica esa intervención, esa construcción.

Como metáfora y metonimia de un amplio campo militante y de actores sociales existe en América Latina, y especialmente en Argentina, una concepción que plantea que entre lo más público de la política y lo más politizado de lo público actuamos. Que es ahí donde se articula y, al mismo tiempo, es ahí donde tienen sentido los dilemas de lo que llamamos políticas públicas. Es justamente allí donde la política se hace pública más allá del término técnico. Y entendamos que lo más político de lo público es el mundo de las organizaciones y lo militante, en un sentido amplio de sociedad civil que por un lado debe incluir pluralidad de actores y por otro desbordarse al entenderse como pueblo.

La cooperación internacional es algo hermana de la antropología, porque contiene una reflexión respecto al otro. ¿Cuál es la contraparte? ¿Qué es y de qué modo me voy a relacionar con ese otro que, en algún punto, siempre va a ser asimétrico? Porque la relación de cooperación es asimétrica y, en el mejor de los casos, es el lugar de una reciprocidad problemática que se encamina a crear vínculos menos desiguales.

La cooperación y el desarrollo ya no son palabras mágicas, quizás porque la promesa que contenían al ser gestadas no resultaron del todo. Desarrollar para pacificar y al mismo tiempo pacificar para desarrollar era la premisa fundamental. Pero en este afán por enterrar los conflictos lo que se extravió fue la potencia transformadora. La dimensión del poder y del conflicto, paradójicamente, pueden ser el camino para que esas grandes palabras -desarrollo y paz- recuperen su sentido, potencia y encanto.  

Porque el “desarrollo” todavía lleva consigo el mandato o la pretensión de anular los conflictos. Muchas veces los proyectos se encaran con la creencia de que otras tensiones más profundas, históricas y complejas pueden ser resueltas con recetas unívocas y estandarizadas. Pero la homogeneidad no desemboca en la pacificación, sino más bien en otras violencias. La tabula rasa del capital no es lo mismo que la igualdad en el bienestar. 

De aquí venga, quizás, ese malestar al interior de la cooperación internacional. Una sensación emparentada a la de haber perdido un poco el alma. Una crisis de sentido, que tampoco es sólo de las agencias sino también compartida con muchas versiones de la política y la democracia.

Por todo esto sigue siendo necesario volver a poner la idea de pueblo en el centro. Con su carga convulsiva para las miradas liberales, su imprecisión molesta para las burocracias y tecnocracias que todo lo pretenden saber “antes”, que todo lo quieren medir y, en última instancia, meter en lo sabido. Tener todo bajo control incuba el malestar. Pero es justamente allí, en los límites de nuestras planificaciones y certezas, donde pueden aparecer las conversaciones que recrean un modo de entender las palabras, las instituciones, los actores y las decisiones, con las aristas propias de lo real, lo histórico y lo vital. 

LA AUDACIA DE AMÉRICA LATINA COMO DIFERENCIAL

MARKUS BÜKER  

Teólogo alemán. Miembro de la dirección de América Latina de Misereor y Consejero teológico de Misereor hasta 2012

Hoy nos atraviesan numerosas pandemias. Está la pandemia del virus, el COVID-19, pero tambien la pandemia del hambre, la desigualdad y la pobreza, la búsqueda de un sustento familiar y social, el cambio climático, la pandemia de la violación a los derechos humanos, del extractivismo, de la quema de la Amazonía por la lógica de utilizar los recursos naturales para generar ingresos y acumulación. El COVID-19 solamente visibiliza los problemas que había antes. Es un símbolo de la ruptura de la relación de los seres humanos con la naturaleza por ingresar cada vez más al hábitat de los animales. Por eso salta el virus de los animales al ser humano.

Estas pandemias pueden llevar a que reconozcamos ciertos diagnósticos. En primer lugar, vemos que no se puede hablar más del sur y del norte, sino que hay un sur en el norte y un norte en el sur. Las clases medias y altas que hay en los países en desarrollo consumen los mismos recursos que las clases altas de los países más industrializados. Hay una interrelación global que ya no permite separar las cosas tan esquemáticamente. Segundo punto: los modelos de consumo y producción agudizan la crisis porque profundizan el cambio climático, la exterminación de las especies y todo eso que llamamos los límites planetarios. Es una manera de vivir que se desenvuelve a costa del planeta y de otras personas, porque no son las clases medias y altas las que padecen las consecuencias, sino que las “externalizan”. Los países centrales o desarrollados llevan la producción a Chile, Brasil o Argentina, y al interior de esos mismos países, concentrando las consecuencias de esa producción en los barrios periféricos y populares. La crisis ecológica sería un tercer diagnóstico, y el cuarto es la reproducción de la pobreza y desigualdad que dificulta o hace imposible la vida de las generaciones futuras.

Con eso llegamos al punto de que el proyecto de la modernidad está en discusión. No se cumplen sus grandes promesas (derechos humanos, desarrollo sostenido, bienestar general) para todos, sino para una parte de la humanidad. Una parte muy acotada se aprovecha y goza de estos derechos, sin contemplar un principio de justicia entre esta generación y las futuras en tanto persistan estas estructuras y este modo de producción. Por eso hablamos de estilos de vida personal y al mismo tiempo de estructuras económicas y procesos políticos. Porque actualmente la libertad, responsabilidad y participación también se encuentra garantizada solamente para una parte de la humanidad. Por eso se necesita una transformación a nivel global.

La agenda 2030 de las Naciones Unidas aprobada en 2015 plantea que todos los países contribuimos a la injusticia y a la destrucción del planeta con nuestro modo de producir, consumir y gobernar. Por eso es necesario comprender los problemas con otra matriz respecto a la del pasado. Con el apoyo de los “ricos” a los “pobres no alcanza, y menos aún se garantiza una justicia global. La distribución de bienes, de participación, de equidad de género, de ecología, demanda una colaboración y una cooperación más audaz si el objetivo es resolver los problemas que tenemos en este momento.

¿Cuál es la tarea de MISEREOR en todo eso? Son tres las perspectivas con las que trabajamos. La organización creció desde el impulso de ayudar a la vida y apoyar proyectos de alimentación, movimientos sociales y juveniles, con una perspectiva de impacto político. Siempre tuvimos en cuenta cómo trascender el asistencialismo y el paternalismo, y por eso nos preguntamos: ¿Cuál es el impacto político de nuestras intervenciones? ¿Cómo podemos luchar contra la injusticia? ¿Qué podemos hacer para frenar la destrucción de la naturaleza? Es una búsqueda estructural. Y como tercer punto: apoyar e impulsar el cambio cultural en nuestros países. Este cambio se enfatiza en los últimos diez años por la llegada de migraciones con un trasfondo religioso, pero teniendo en cuenta que hay recursos culturales en todas las religiones.

El cambio de paradigma que estamos experimentando se podría resumir así: “caminar desde el concepto de apoyo hacia el de transformación”. Del apoyo a los pobres, que es una cosa de emergencia, debemos ir hacia una transformación global donde construimos otro tipo de sociedad. Esa es la alternativa al desarrollo. En la perspectiva alemana se habla mucho del buen vivir de los indígenas como concepto y referencia. Puede ser un romanticismo pero también representa la idea de una alternativa. Por eso nos interesa siempre profundizar en las “epistemologías del sur”. En vez del paradigma tecnocrático del desarrollo, del bienestar y del tener, pasar a un paradigma del vivir con lo necesario, de la no explotación, del aprendizaje mutuo. Necesitamos epistemologías diferentes a la nuestra.

En cuanto a la política pública, MISEREOR trabaja en Alemania para incidir en el parlamento en favor de cadenas de suministro que sean justas, que no rebasan en explotación o destrucción del medioambiente, o para recibir a los inmigrantes. Lo mismo frente al Parlamento Europeo y en red con otras agencias. Colaboramos en redes globales o intercontinentales pensando, por ejemplo, en el tema de los agrotóxicos, formando parte de campañas para apoyar a organizaciones locales para que intervengan en sus territorios. Por ejemplo, en este momento del COVID-19, se necesitan mascarillas y alimentos, pero también presionar al Estado para que construya hospitales, garantice cuidados médicos y los insumos necesarios para contener la pandemia. Y, por último, construir alternativas al desarrollo a partir del intercambio con modos de vivir y de ver el mundo en otros contextos.

Hay cada vez más organizaciones que se retiran de América Latina por el “progreso económico”, por llamarlo de algún modo. En Argentina la situación ha cambiado drásticamente en los últimos tres o cuatro años, en los que las condiciones han empeorado mucho. Las organizaciones de Europa se enfocan más en África y en Asia, donde las urgencias de la gente son experimentadas en Europa como una amenaza. Los problemas estructurales del África son la causa de los refugiados, y por eso se destinan más recursos allí, con el objetivo de contener la migración y el crecimiento de la población. Pero en esta visión de cooperación global se necesita a todos los actores y por eso no se puede excluir a ningún continente. América Latina es un actor importante por su historia y la lucha social, que es muy fuerte y singular. Y en este momento, hay una preocupación especial por la Amazonia. Sin la Amazonia el planeta no puede vivir, no hay vida humana.

Nos hace falta repensar este esquema de consumo e individualismo. Hablamos mucho de movimientos sociales y transformación, pero no logramos cuestionar esta construcción que organiza el sentido. Y esto debemos encararlo buscando caminos comunes, en conjunto, que no queden a nivel nacional, sino que generen cooperación y articulación real entre gobiernos y movimientos sociales. Durante la pandemia se logró, al menos en un comienzo, construir consensos y entendimientos sobre cómo enfrentar esta crisis sanitaria. Pero necesitamos seguir pensando cómo enfrentar las otras pandemias. Esto no lo solucionamos sólo con una vacuna. Se necesitan otras vacunas, nuevas, ingeniosas, solidaria.

 

CUIDADO, ORGANIZACIÓN Y TERRITORIO

GABRIEL KATOPODIS

Ministro de Obras Públicas de la Nación. Intendente de San Martín (2011 – 2019) 

Siento muy de cerca la dinámica del territorio, de las organizaciones que allí trabajan, del Estado y también de la cooperación internacional, particularmente de MISEREOR. Son cuatro aspectos muy fuertes que me fueron formando en mi vida personal y política, y en las que trabajé más de 20 años. Desde distintos ámbitos y organizaciones siempre encontré en el apoyo de MISEREOR y de otros actores de la cooperación la misma intención y búsqueda por construir una buena agenda del Estado en el territorio, con las organizaciones sociales y la sociedad civil. En ese proceso, se evidenciaba que aquellas agendas que no tenían un profundo sentido político terminaban siendo meramente instrumentales, realizando acciones que apenas se acercaban a las decisiones de la vida concreta, aquellas que pueden transformar los sistemas económicos, sociales y culturales. 

Y a lo largo de todos esos años fuimos indagando cuáles son los elementos, los presupuestos y contenidos con los que había que cargar esas agendas. Necesitábamos comprender qué preguntas tenían que formar parte de esas reflexiones y diálogos para garantizar procesos políticos transformadores de las estructuras y de la vida de nuestro país. Hoy estamos en un buen momento de la Argentina y de la discusión pública para retomar esos procesos, relanzarlos y estructurarlos de manera que puedan alcanzar un impacto mucho mayor en la agenda pública. 

Es un buen momento por varios motivos. Primero, porque creo que hay una expectativa y una conciencia enorme de la gente, de buena parte de los sectores populares, de que las transformaciones no empiezan y terminan en el Estado. Me parece que sí hubo una evolución a lo largo de estos años, de estas décadas, y en el medio de muchas crisis, fue el convencimiento de que mucho de lo que pasa en la vida cotidiana, familiar, comunitaria, colectiva, no puede ser planteada como un vínculo en el cual se espera que solo el Estado responda nuestras demandas. No quiero ser ingenuo en esto, pero siento que hubo procesos de empoderamiento, de mayor organización popular, de mayor construcción en el territorio que ponen a todo esto del lado de los activos. Son parte de las herramientas de las que disponemos para encarar este presente y el futuro a transitar. Hay un conjunto de organizaciones conscientes de que la agenda no empieza y termina en el Estado, sino que la discusión tiene que poder plantearse en diagonales permanentes: entre Estado y territorio; entre Estado y sociedad civil; entre Estado y organizaciones populares.

Lo segundo, es que si bien la pandemia pone todo en crisis, no hay dudas de la enorme demanda de Estado de parte de la gente. Demanda de que la política nos cuide y nos organice lo que la pandemia desordenó. Nadie está esperando que sea el mercado o alguna aparición providencial lo que ordene lo que la pandemia puso patas para arriba. Un desorden que no es solo el de la vida cotidiana sino también la de todo un sistema económico y una dinámica social que está convulsionada. Escucho una enorme demanda de que sean el Estado y la política las que lideren esas agendas. Me parece que hay una demanda de cuidado que está puesta fuertemente en cabeza del Estado y la política. Creo que ese es un dato interesante, porque podría haber sido diferente. Hay una confianza pública en que el Estado organice que ha estado ausente en otros momentos.

Como tercer elemento, creo interesante remarcar que a lo largo de estos años las organizaciones sociales, populares, y muchas que han trabajado con la cooperación internacional, se han estructurado mucho mejor, con mayor capacidad de organización, con agendas mucho más enfocadas y habiendo ganado conocimiento, experiencia y capacidad para ser actores protagónicos en la discusión de lo que se viene.

Creo que estas son tres condiciones para pensar lo que viene y la salida de la pandemia.

Sin embargo, siento que hay una disputa de sentido que la estamos perdiendo. Tiene que ver con los intereses en tensión que están de fondo en medio de la pandemia. Permanentemente nos plantean una grieta como ordenadora de la escena, pero a mi entender esta dinámica de enfrentamiento entre partidos e identidades políticas no es lo central. Siento que hay una disputa respecto a qué es lo que está en discusión de cara a la post pandemia que no estamos teniendo la capacidad para encararla con las fuerzas que necesitamos. Por eso tenemos una tarea importante. Tiene que ver con profundizar y poder generar la reflexión, la discusión y el diálogo que permita discutir con mayor claridad qué es lo que está en juego. ¿Se viene más Estado, mayores capacidades y la recuperación de las herramientas de la política, o la reducción, minimización y achicamiento del Estado? Hay una ofensiva que busca generar las condiciones para que la sociedad encare lo que viene de manera individual, inoculando más miedo, angustia e incertidumbre de la que ya tenemos. Por eso es importante que podamos concentrarnos en la agenda de lo que tenemos que discutir de cara a la post pandemia en Argentina. Pero en esta tarea, es clave poder reconstruir también agendas regionales -en un contexto que sabemos es muy difícil políticamente- que permitan encontrar alguna hoja de ruta entre las demandas y los intereses de América Latina.

En esta tarea, me parece que el valor del cuidado como bien público y como idea que nos interpela como sociedad podría ser un elemento. Puede organizarse y constituirse como un eslabón fuerte de cara a lo que viene, como criterio para encarar los problemas que tenemos que resolver y las discusiones que debemos dar respecto a quién paga esta crisis. Y como ya mencionamos, el debate en torno al estado sigue siendo central. Nosotros entendemos que un estado presente no es sólo ni necesariamente un estado más grande, sino aquel que genera las condiciones para poder desplegar y desarrollar políticas públicas más efectivas, capilares y con más fuerza para organizar al territorio de manera autogestiva.

Y el pueblo es la principal fuerza que tenemos para encarar este tiempo desafiante. Veo a la gente con angustia, incertidumbre, con mucho miedo, pero también con decisión de ser parte activa y protagonista de lo que viene. Creo que en Argentina hay un desafío para el movimiento nacional y popular de poder organizar esa demanda de esperanza y expectativa que hoy está depositada en la dimensión del cuidado y lo sanitario, pero que luego esa misma exigencia se va a traducir en una exigencia al Estado -y al gobierno en particular- para poder encontrar las respuestas que necesitamos como sociedad en la situación post pandémica