ARGENTINA, PERIFERIA ANOMALA

PAÍSES EMERGENTES, PERIFERIAS ANÓMALAS Y FIN DEL MUNDO

El “Polo Formativo del Fin del Mundo” contiene una doble referencia: Argentina como extremo, como “finis terrae”, austral, periférico y lejano. Y también la mención de Francisco el mismo día de su elección, hablando al pueblo de Roma: “tuvieron que ir a buscar un Papa casi al fin del mundo”. Es una referencia geográfica, acaso geopolítica, pero puesto en boca de Francisco es posiblemente un guiño sobre el ingreso de un Pontífice de la periferia a la cátedra de Pedro.

Sin embargo, en un año como el 2020, a esas resonancias espaciales se les suma una temporal, epocal. El “fin del mundo” parece estar en carne viva en medio de la pandemia. Pero no asociamos el fin del mundo meramente con la peste o la catástrofe. Los ecos apocalípticos los ponemos acá en otro sentido. Menos habitual pero más preciso. El apocalipsis, como género literario, tiene que ver con los tiempos decisivos, con las cosas últimas. Y con lo que se revela, con lo que queda expuesto como visión e invitación a la esperanza. Es lo que suele llamarse la escatología. Tiene que ver con qué hace cada colectivo, cada pueblo, cada sujeto individual o colectivo en los momentos decisivos. 

Lo que para el sentido común, pero también muchas veces para la filosofía y la política, se asocia a anuncios catastróficos, lo queremos conectar con otra cosa: al drama de la historia, a la necesidad de procesarlo y pensarlo con imágenes potentes y, en medio de esa puesta en escena y forma del drama y la batalla, con pensar las decisiones que pueden sostener la esperanza. En este momento, al igual que en cualquier apocalipsis, se redefine una simbólica, un sistema de símbolos de categorías y de palabras, para atravesar la historia. 

En ese sentido, más que “diagnosticar” estamos urgidos a reflexionar sobre cuál es nuestro lugar, nuestra posibilidad, nuestro protagonismo en el escenario. Y un paso más: para saber las posibilidades de intervención y nuestro lugar en la situación, también es necesario replantear las coordenadas con que se construye el cuadro, el mapa que nos permite ubicarnos, los símbolos con que construimos la escena, las categorías con que la pensamos.   

Por eso, consideramos que el desafío no es sólo debatir qué es un país emergente sino qué es aquello que emerge de las periferias y del pueblo que pone en tensión tanto al capitalismo global y el sistema mundo como a las categorías que éste plantea para dar cuenta de sí mismo. Necesitamos pensar esta realidad con nuevas categorías.

Argentina es justamente un caso de país periférico / país emergente que, dada su propia singularidad histórica, política y social, se ha visto siempre desafiada a generar una conceptualización propia capaz de dar cuenta de este devenir. 

No es casual, por tanto, que los planteos de Francisco, un Papa venido desde esta periferia anómala, propongan una nueva narrativa para pensar el sistema mundo, el desarrollo, los límites del capitalismo y una ética renovada para afrontar los desafíos del presente y del futuro. Pueblo, periferias (geográficas pero también existenciales), casa común, la figura del poliedro frente a la esfera, son algunos de los conceptos con los que Francisco plantea un afuera del discurso único sobre el planeta, la humanidad y la vida en sociedad.

Argentina, en tanto periferia anómala, es el núcleo desde donde queremos proponer esta reflexión. Allí donde la emergencia de pueblos protagónicos con formas anómalas de concebir el desarrollo y el bienestar, o sea, con una forma propia de experimentar el goce y la redención, muestran la posibilidad de generar un afuera del paradigma y esbozar un cambio de rumbo en el devenir.

Desde estos planteos puede diagramarse una reflexión en cuatro pasos, que de algún modo conforman una rueda. En primer lugar: ¿Cuál es la carga de los conceptos, símbolos, categorías y clasificaciones con las que contamos para dar significado? Luego: ¿Qué tipo de descripciones estamos manejando sobre lo que pasa en la sociedad, el país y el mundo? ¿Cuál es la descripción que hacemos específicamente del conflicto? Tercer paso: ¿Cuál es la intervención que se puede hacer? ¿Quiénes somos nosotros ahí? ¿Cómo pensamos la acción real que podemos protagonizar? Y al final, dando la vuelta completa, una vez más surge la pregunta por los símbolos y la identidad, pero desde otro lugar: ¿Con qué categorías nos auto concebimos? ¿Cómo nos “reflexionamos” a nosotros mismos? ¿Quién es ese ”nosotros” que surge de un nuevo piso de reflexión?

Cuando se lleva esto otra vez al análisis de la etapa actual del mundo, de cada región y pueblo, las preguntas se plasman en ese registro de un modo análogo: ¿Cómo hacer para que un análisis de geopolítica no sea simplemente una reflexión de grandes movimientos tectónicos de estados naciones, aparatos militares y flujo de capitales transnacionalizados? ¿De qué forma esa reflexión respecto a la escala global de los procesos tiene una carnadura y puede iluminar las decisiones o las discusiones dentro de nuestras obligaciones, de nuestras disputas, de nuestros trabajos y luchas? Esto vale para todos los sesgos y objetivos de los análisis, sean generales o sectoriales. Desde los análisis globales sobre la pandemia y sus efectos hasta los movimientos migratorios o la guerra comercial entre China y Estados Unidos. Y vale para los planteos altermundialistas o los de los Objetivos del Desarrollo Sustentable, la acción de los movimientos sociales, de las iglesias, de los estados o de una institución. 

En la base de esta reflexión hay un llamado de atención y una invitación a reconsiderar algunas categorías y clasificaciones habituales de cómo se piensa el desarrollo. Por ejemplo, una primera señal de advertencia está en la categoría países emergentes. Es una idea muy central de las últimas décadas, y estuvo muy presente en Argentina -y en América Latina- tanto en la primera década del 2000, cuando se registró un crecimiento sostenido del PBI y el ingreso per cápita, como en los años de restauración neoliberal, fascinación globalista y crisis interna. 

Más allá de los avatares de la nomenclatura, es importante reflexionar en torno a las ideas que están implícitas en la categoría de países emergentes.

El “emerger” ocurre como una orden de destino para las naciones. ¿Pero desde dónde se emerge? Lo que se dejaría atrás es una condición de subdesarrollo, de atraso, de pobreza. ¿Y hacia dónde se sale? Esto no está mencionado en la categoría misma. Pero la noción de país emergente, si uno la estudia con atención, se corresponde con la de mercado emergente. El concepto disfraza esa dimensión en la que los países son concebidos como meros escenarios sobre los que se toman decisiones desde los organismos financieros internacionales. Una lógica propia de los mercados globales en la que las variables de gobernabilidad, flexibilización laboral y libertad de maniobra del capital son las fundamentales en función del objetivo de maximización de ganancias de las inversiones. Por eso, al hablar de países emergentes, de algún modo se está naturalizando la idea de que es la sociedad de mercado el lugar de llegada de un proceso de desarrollo. 

Esto puede llevar nuestra reflexión hacia otra señal de alarma. Una muy cara a las imágenes y narrativas de la globalización. Es la idea de aldea global. Una aldea global supone, en definitiva, una homogeneización total, algo vinculado a la armonía. Pero esa “amabilidad” que está cifrada en esa imagen, de algún modo “plácida” y equilibrada, tiene por detrás el conjunto de fuerzas que buscan tomar todos los territorios, homogeneizar sus condiciones y su legislación, y en general diluir o subordinar sus singularidades y tradiciones. No hablamos solo del folklore de cada pueblo -eso no le es difícil de tomar e incluso estetizar llamándolo multiculturalismo- sino a los rasgos más propios, del modo en que se organizan y se piensan las sociedades. Justamente eso que los hace pueblos. Bajo el modelo de la aldea global, esa singularidad de cada cultura, existencial o política, corre el peligro de verse subordinada a los grandes programas y proyectos de homogeneización que se plantean desde centros de poder global, con el sólo objetivo de que sea más fácil estandarizar cualquier tipo de inversión y de movimiento del mercado. Y lo que vale para los países, vale para sus sociedades, e incluso para las fuerzas de resistencia. La máquina de captura simbólica no deja nada sin considerar y absorber. Ni la económica, ni la política, ni la cultura. Pero, atención, tampoco las posibles contestaciones, las pretendidas alternativas. Porque, finalmente, tampoco el alma humana y el alma de los pueblos es ajena a este proceso de articulación hegemónica de la globalización y sus modelos. 

Por eso, al hacer un análisis del lugar de las periferias, y en particular de Argentina, hay que ser periféricos dos veces. En el sentido de excéntricos. Ahí está la anomalía. Posicionarse y reconocer una periferia no solo en las coordenadas que en última instancia plantea el centro -finalmente es en torno al centro que se define la periferia- sino también un plus de movimiento, que no deja que esa periferia pueda definirse cien por ciento desde el pensamiento central. La anomalía es la historia, que en el caso de Argentina se plasma en sus identidades políticas populares, y también en los modos de ser e imaginarse del pueblo, mestizado de manera compleja y contradictoria, que redunda en prácticas organizativas que se sustraen -y a veces desconciertan- a los modos habituales, por su grado y forma de politización. Es la tradición llamada nacional-popular, el peronismo, y con él todo un modo de concebir la relación sociedad-estado, la categoría de pueblo y las posiciones en el campo internacional, que no caben en el mero esquema “izquierda -derecha” del mismo modo que no se conforma en el binomio países desarrollados y “sumergidos”, al que responde el tercer término “países emergentes”

Lo anómalo de esta periferia es su modo de no resignarse a ser periferia definida por el centro. Es su voluntad de resignificar el mapa -de poder, de ideas y de acciones posibles- donde se presentan el drama de la historia y los caminos de la vida.

LA HISTORIA COMO ANOMALÍA Y LOS NACIONALISMOS EN CONTRADICCIÓN

GUILLERMO MORENO

Político y economista. Secretario de Comercio Interior de la Nación (2006 – 2013) y representante argentino ante la FAO (2013 – 2015)

Con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética aparece este mundo global con una cosmovisión donde se encuentran, fundamentalmente, la socialdemocracia europea y los neoliberales sajones. Surge de una alianza establecida en lo que se llamó el Consenso de Washington. A partir de los ‘90, al que no cumplía con ese decálogo le ponían el sello de mal gobierno. La revolución argelina, la angoleña, ahora los vietnamitas, y todos esos paradigmas que supimos tener, fueron absorbidos por el embudo del Consenso de Washington. Ahí nos manejamos y por ahí transitamos. Hubo algunos intentos de modificar la cosa. En 2005 tuvimos la cumbre y la contra cumbre de Mar del Plata, y en esos años impulsamos, en Argentina, una administración del comercio exterior que constó en decidir qué mercadería entraba y cuál no. Eso se intensificó en 2012, y me tocó a mí ganarme la antipatía de todos los importadores, aparte de ya tener la antipatía de algunos muchachos vinculados a la Sociedad Rural. Pero eso había que hacerlo, no teníamos alternativa. Lo hicimos, y el mundo nos hizo un juicio . El mundo contra la Argentina. EEUU, Europa y Japón, el 60% del PBI mundial, dijeron “Argentina es la mosca blanca y nos puede contagiar”. Si los países administran el comercio internacional y vulneran el libre flujo de los bienes y servicios, cambia el mundo, y eso no lo podían permitir. Nos ganaron el juicio y se terminó la historia.  

Dos años después que terminó el gobierno de Cristina Fernández, en EEUU asume “un muchacho” que había hecho una campaña muy extraña en su país. Por ejemplo: dijo que todos los acuerdos de libre comercio eran un desastre. ¿Fue el primero en decir esto públicamente? No, el primero con repercusión mundial fue Su Santidad, el Papa Francisco, en el encuentro con los Movimientos Populares del 2015 en Bolivia. El mismo día que le dijo a Evo Morales “cuidado con eternizarse en los puestos”, dio el discurso de Tierra, Techo y Trabajo. Pero esa fue la conclusión. ¿Cómo llegó a decir el Papa “Tierra, Techo y Trabajo”? Primero advirtió sobre los tratados de libre comercio en el marco de algo que ya había dicho como Obispo de Buenos Aires: la idea de que estamos en la Tercera Guerra Mundial en cuotas. El Papa pasó más de un año y medio hablando sistemáticamente de la tercera guerra mundial de cuotas. Es una guerra donde no hay desplazamiento de infantería y combates. Es una guerra distinta, en donde lo que está en juego son los puestos de trabajo. Aquellos pueblos que sean capaces de preservar una tasa de desocupación pequeña sobrevivirán, y aquellos pueblos que espiralizan una tasa de desocupación pierden la red que permite que una comunidad funcione como tal. Entonces, la amenaza actual de la gobernanza de cada sociedad no es tanto quedarse sin territorio sino quedarse sin puestos de trabajo. El Papa lo advirtió diciendo que no estamos ante una guerra religiosa, sino que es una guerra económica. Aquel pueblo que tenga trabajo sobreviviría, y el que no lo tenga tendrá un futuro incierto.

Es en ese mundo donde Trump decide destruir dos instituciones básicas de lo que había sido la economía neoliberal: la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). En el caso de la OMC no hay ninguna duda que ya no es una institución que ordena lo que acontece en el mundo. Estados Unidos dejó de designar a los árbitros que necesitaba para la resolución de las controversias, así que hoy la OMC es una burocracia que alimenta esa burocracia, y no mucho más que eso.

Acá radica la gran pregunta. ¿Por qué Estados Unidos, que conducía al mundo neoliberal, decide destruirlo para construir un nuevo orden internacional? Casi sería el primer ejemplo de una clase dirigente que destruye lo que dirige y construye

otro mundo al cual, naturalmente, tiene también posibilidades de conducir. Mi hipótesis inicial es que se dieron situaciones objetivas que le permiten a Estados Unidos iniciar este nuevo proceso, justo cuando dos espacios económicos -Europa continental y los chinos-, habían penetrado en su zona de confort.

Esas condiciones objetivas se dan con la revolución energética norteamericana. De la misma manera que los ingleses pusieron en valor la revolución industrial y se transformaron en el taller del mundo, de la misma manera que la internacionalización de la producción norteamericana comienza con Ford y Taylor a principios del siglo XX, hicieron falta otros 100 años para que se produjera una revolución al interior del modo de producción capitalista. No digo una revolución contra el capitalismo, digo una revolución al interior del modo de producción capitalista, y defino esta revolución cuando un pueblo está en condiciones de bajar violentamente sus costos de producción.

En la medida que esos dos espacios económicos, Europa y China, no son más que demandantes de energía a precio internacional, el ordenamiento básico nos empieza a determinar un nuevo Yalta, en donde hay dos grandes ganadores que están en condiciones de ordenar el mundo como lo ordenaron al fin de la Segunda Guerra Mundial. Este es el proceso que estamos recibiendo.

Es por todo esto que el mundo hoy está en condiciones de escuchar una tercera posición. La justicialista, o sea, la experiencia y modelo de concepción de la política y la economía que surge de nuestro país. Tenemos mucho para decir, porque si la contradicción en el mundo no es más neoliberal o progresista, porque abrevan en la misma escuela y tienen los mismos marcos conceptuales desde lo económico, ¿cuál es hoy la contradicción? Y, la contradicción empieza a ser entre dos tipos de nacionalismos, el de categorías europeas, que es xenófobo y levanta muros, y el nacionalismo de categorías hispanoamericanas de un pueblo nuevo y extraordinario que el Papa lo reivindica desde la primera misa en castellano que se da en San Pedro, en el año 2014. En esa celebración reivindicó al pueblo mestizo como pueblo del futuro, diciendo que es un pueblo nuevo en el mundo. En América hay un pueblo nuevo que no es la mezcla de nada. Es la fusión, en todo caso, y nos seguimos fusionando todavía.

Esa mezcla extraordinaria, y esa fusión que se dio con los que estaban, los que vinieron y los que siguen viniendo, dio un pueblo nuevo que es el pueblo mestizo. Ese pueblo mestizo da un nacionalismo distinto, no xenófobo, sino de inclusión. Y dentro de ese pueblo mestizo hispanoamericano hay otro pueblo extraordinario, allá en el fondo, que es el pueblo argentino, que le puso doctrina durante 70 años a ese nacionalismo de inclusión, que construye puentes, como dice Su Santidad, y enseña que hay que amar ante todo la patria pero también amar a los pueblos vecinos.

Por eso el Papa construye esa figura geométrica del poliedro y dice algo así como: “cada superficie de esta Casa Común es un pueblo y si un pueblo desaparece no está más la figura, porque queda incompleto”. Somos universalistas desde los principios y valores pero nacionalistas en cuanto a la reivindicación del ser nacional y del alma de ese pueblo.

 

LA SOLIDARIDAD Y LA ORGANIZACIÓN COMO POTENCIAL Y DIFERENCIA

ALCIRA ARGUMEDO

Socióloga e investigadora del CONICET. Diputada Nacional M/C (2009 – 2017)

Con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética aparece este mundo global con una cosmovisión donde se encuentran, fundamentalmente, la socialdemocracia europea y los neoliberales sajones. Surge de una alianza establecida en lo que se llamó el Consenso de Washington. A partir de los ‘90, al que no cumplía con ese decálogo le ponían el sello de mal gobierno. La revolución argelina, la angoleña, ahora los vietnamitas, y todos esos paradigmas que supimos tener, fueron absorbidos por el embudo del Consenso de Washington. Ahí nos manejamos y por ahí transitamos. Hubo algunos intentos de modificar la cosa. En 2005 tuvimos la cumbre y la contra cumbre de Mar del Plata, y en esos años impulsamos, en Argentina, una administración del comercio exterior que constó en decidir qué mercadería entraba y cuál no. Eso se intensificó en 2012, y me tocó a mí ganarme la antipatía de todos los importadores, aparte de ya tener la antipatía de algunos muchachos vinculados a la Sociedad Rural. Pero eso había que hacerlo, no teníamos alternativa. Lo hicimos, y el mundo nos hizo un juicio . El mundo contra la Argentina. EEUU, Europa y Japón, el 60% del PBI mundial, dijeron “Argentina es la mosca blanca y nos puede contagiar”. Si los países administran el comercio internacional y vulneran el libre flujo de los bienes y servicios, cambia el mundo, y eso no lo podían permitir. Nos ganaron el juicio y se terminó la historia.  

Dos años después que terminó el gobierno de Cristina Fernández, en EEUU asume “un muchacho” que había hecho una campaña muy extraña en su país. Por ejemplo: dijo que todos los acuerdos de libre comercio eran un desastre. ¿Fue el primero en decir esto públicamente? No, el primero con repercusión mundial fue Su Santidad, el Papa Francisco, en el encuentro con los Movimientos Populares del 2015 en Bolivia. El mismo día que le dijo a Evo Morales “cuidado con eternizarse en los puestos”, dio el discurso de Tierra, Techo y Trabajo. Pero esa fue la conclusión. ¿Cómo llegó a decir el Papa “Tierra, Techo y Trabajo”? Primero advirtió sobre los tratados de libre comercio en el marco de algo que ya había dicho como Obispo de Buenos Aires: la idea de que estamos en la Tercera Guerra Mundial en cuotas. El Papa pasó más de un año y medio hablando sistemáticamente de la tercera guerra mundial de cuotas. Es una guerra donde no hay desplazamiento de infantería y combates. Es una guerra distinta, en donde lo que está en juego son los puestos de trabajo. Aquellos pueblos que sean capaces de preservar una tasa de desocupación pequeña sobrevivirán, y aquellos pueblos que espiralizan una tasa de desocupación pierden la red que permite que una comunidad funcione como tal. Entonces, la amenaza actual de la gobernanza de cada sociedad no es tanto quedarse sin territorio sino quedarse sin puestos de trabajo. El Papa lo advirtió diciendo que no estamos ante una guerra religiosa, sino que es una guerra económica. Aquel pueblo que tenga trabajo sobreviviría, y el que no lo tenga tendrá un futuro incierto.

Es en ese mundo donde Trump decide destruir dos instituciones básicas de lo que había sido la economía neoliberal: la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). En el caso de la OMC no hay ninguna duda que ya no es una institución que ordena lo que acontece en el mundo. Estados Unidos dejó de designar a los árbitros que necesitaba para la resolución de las controversias, así que hoy la OMC es una burocracia que alimenta esa burocracia, y no mucho más que eso.

Acá radica la gran pregunta. ¿Por qué Estados Unidos, que conducía al mundo neoliberal, decide destruirlo para construir un nuevo orden internacional? Casi sería el primer ejemplo de una clase dirigente que destruye lo que dirige y construye

otro mundo al cual, naturalmente, tiene también posibilidades de conducir. Mi hipótesis inicial es que se dieron situaciones objetivas que le permiten a Estados Unidos iniciar este nuevo proceso, justo cuando dos espacios económicos -Europa continental y los chinos-, habían penetrado en su zona de confort.

Esas condiciones objetivas se dan con la revolución energética norteamericana. De la misma manera que los ingleses pusieron en valor la revolución industrial y se transformaron en el taller del mundo, de la misma manera que la internacionalización de la producción norteamericana comienza con Ford y Taylor a principios del siglo XX, hicieron falta otros 100 años para que se produjera una revolución al interior del modo de producción capitalista. No digo una revolución contra el capitalismo, digo una revolución al interior del modo de producción capitalista, y defino esta revolución cuando un pueblo está en condiciones de bajar violentamente sus costos de producción.

En la medida que esos dos espacios económicos, Europa y China, no son más que demandantes de energía a precio internacional, el ordenamiento básico nos empieza a determinar un nuevo Yalta, en donde hay dos grandes ganadores que están en condiciones de ordenar el mundo como lo ordenaron al fin de la Segunda Guerra Mundial. Este es el proceso que estamos recibiendo.

Es por todo esto que el mundo hoy está en condiciones de escuchar una tercera posición. La justicialista, o sea, la experiencia y modelo de concepción de la política y la economía que surge de nuestro país. Tenemos mucho para decir, porque si la contradicción en el mundo no es más neoliberal o progresista, porque abrevan en la misma escuela y tienen los mismos marcos conceptuales desde lo económico, ¿cuál es hoy la contradicción? Y, la contradicción empieza a ser entre dos tipos de nacionalismos, el de categorías europeas, que es xenófobo y levanta muros, y el nacionalismo de categorías hispanoamericanas de un pueblo nuevo y extraordinario que el Papa lo reivindica desde la primera misa en castellano que se da en San Pedro, en el año 2014. En esa celebración reivindicó al pueblo mestizo como pueblo del futuro, diciendo que es un pueblo nuevo en el mundo. En América hay un pueblo nuevo que no es la mezcla de nada. Es la fusión, en todo caso, y nos seguimos fusionando todavía.

Esa mezcla extraordinaria, y esa fusión que se dio con los que estaban, los que vinieron y los que siguen viniendo, dio un pueblo nuevo que es el pueblo mestizo. Ese pueblo mestizo da un nacionalismo distinto, no xenófobo, sino de inclusión. Y dentro de ese pueblo mestizo hispanoamericano hay otro pueblo extraordinario, allá en el fondo, que es el pueblo argentino, que le puso doctrina durante 70 años a ese nacionalismo de inclusión, que construye puentes, como dice Su Santidad, y enseña que hay que amar ante todo la patria pero también amar a los pueblos vecinos.

Por eso el Papa construye esa figura geométrica del poliedro y dice algo así como: “cada superficie de esta Casa Común es un pueblo y si un pueblo desaparece no está más la figura, porque queda incompleto”. Somos universalistas desde los principios y valores pero nacionalistas en cuanto a la reivindicación del ser nacional y del alma de ese pueblo.