la velocidad de la luz

Desde el Polo Formativo tomamos el impulso de reflejar experiencias ancladas en lo que, figuradamente, describimos como un momento y un espacio “fin del mundo”. En ese espíritu, conversamos con Marco Canale. Creador escénico y audiovisual, Marco es director de la pieza teatral La velocidad de la Luz, un proyecto nacido en el corazón de la Villa 31 donde se entrecruzan los temas de la raíz de la tierra, los ancestros, la muerte, reflejando al mismo tiempo la realidad social de los protagonistas que la encarnan. La obra sigue impactando mundialmente, y al día de hoy fue repetida en Japón, Alemania, y actualmente en Suiza, desde donde Marco se conectó con nosotros.

A la hora de renovar las miradas, las perspectivas, los proyectos, sentimos que muchas veces, en los registros institucionales, políticos, o mismo en las organizaciones sociales, se encuentran serios límites para figurar nuevos horizontes. Los lenguajes conocidos parecen encontrar su agotamiento, y en eso vuelve a desviarse la mirada hacia otros lenguajes capaces de inspirar sujetos de la transformación. El arte, con su dimensión sagrada, con su belleza, mantiene vivo todavía el misterio donde la representación acontece un poco afuera del mundo, en un lugar nunca capturable del todo por los discursos y gestos establecidos.

En un tiempo que llama a la creatividad nos toca a todos y todas, en la tarea que nos propongamos, ser un poco artistas. Por eso nos interesa el testimonio de Marco y de su obra, como director de teatro, como creador, como caminador del mundo.

#PFFM – La Velocidad de la Luz generó y todavía genera algo muy fuerte en los espectadores. Muestra lo que puede significar el momento de la belleza, del teatro, de la experiencia concreta de compartir unas historias, para generar conversaciones que llevan a nuevas experiencias. ¿Cómo surgió el proyecto

Marco Canale – La velocidad de la Luz nació de una crisis. Volví a Argentina después de vivir doce años afuera -los últimos seis en Guatemala- y atravesaba momentos de fuertes quiebres personales. Entonces quise empezar un proyecto que me ayudara a comprender mi ciudad, Buenos Aires, con el testimonio de los más ancianos, de los viejos de la ciudad. El proyecto empezó a gestarse en dos lugares: el Museo de Arte Latinoamericano (MALBA) y la Villa 31. Pero enseguida nos dimos cuenta que el escenario de la obra era sin duda la VIlla 31. Por razones políticas, las mujeres mayores del barrio habían salido de sus ciudades de origen, y no al revés. Fue un proceso que duró dos años y medio hasta que nació la obra.

Siempre digo que el proyecto es como una cruz. Está atravesado por un eje horizontal y uno vertical: una dimensión política y una dimensión de la fe. Eran dos ejes que atravesaron siempre mi propia historia. Al empezar la obra estaba en una crisis de fe. Al mismo tiempo, quería entender la ciudad donde había nacido, en la que siempre me sentía un poco amenazado. El eje horizontal de la obra tiene que ver con la ciudad o el territorio, lo que muestra y lo que no muestra. Es algo relacionado con la política de manera más o menos evidente. Pero eso está cruzado por el eje vertical, que parte desde el suelo con el tema de los ancestros, las raíces de la tierra, la vida, el paso del tiempo, y así llega arriba al tema de la muerte, y la noción de la vida después de la muerte.

PFFM – ¿Qué encontraste en la Villa 31 en eso que estabas buscando?

MC – Encontré otra cosa. El trabajo empezó en la comunidad de los curas villeros, desde el inicio, y eso me movió a algunas formas de laburo que fueron muy buenas. Por ejemplo, el padre Pepe Loza me dijo “todo bien con un proyecto, podés hacerlo acá. Pero la condición es que sea a puertas abiertas, no podes elegir a tus actores”. Enseguida pensé que la idea era muy buena. Le daba algo distinto, otra cosa. Y el proyecto tiene otra cosa en todas partes. En ninguno de los países a los que viajo para hacer la obra, elijo los actores. La gente que se compromete, queda. Hay un elemento un poco bíblico en esas puertas abiertas

Por otro lado, el proyecto aborda dimensiones que los espacios muchas veces ocultan, o no se ven, o no se cuentan. Al estrenar la obra, se mezcló el público que no es de la Villa 31 con público vive en la Villa 31. Una vez más, en las puertas abiertas puede darse un encuentro donde la política no es explícitamente partidaria. En el grupo de Retiro hay mujeres de diferentes posiciones ideológicas. Pero como dice Francisco: “la unidad prevalece sobre el conflicto”. Se genera una dosis de esperanza en el encuentro. En la obra no decíamos explícitamente “qué malo que sos si discriminas”. Abrimos el espacio, y la gente se conmovió. Creo que ese es un poco el espíritu o el objetivo del proyecto.

#PFFM – ¿De qué se trata la obra?

MC – Tiene dos partes. La primera se representa en las casas de las actrices y los actores. Ese momento es muy potente. Pasa algo muy simple: las mujeres le comparten a los espectadores que entran unos papeles escritos con una historia. Los espectadores leen las historias en voz alta, y ellas les responden con una canción. Es muy fuerte lo que pasa en ese momento. Fue fuerte también en Alemania, y en otros lugares. La gente se emociona mucho, y cuando salen de las casas para ir a una pieza ya más teatral entran un poco knockeados al segundo round. Y ya entrás distinto. Hay algo en ellas, las mujeres actrices, que es encantador. Mueve mucho la hermosura de las lenguas. Tal vez el proyecto peca de no ser explícito en algunas cuestiones, pero se esfuerza por traer la Buena Nueva. Tengo el espíritu de compartir la Buena Nueva. Nosotros sabemos lo que es la lengua guaraní en la ciudad de Buenos Aires. Nadie la conoce, pero el guaraní es un idioma mágico. Impresionante.

La segunda parte es una ficción donde ellas actúan de sí mismas en algo que nunca sucedió. El argumento cuenta la historia de una peregrinación. Pero es un guión que surgió del laboratorio, de la improvisación. Yo les pregunté a dónde les gustaría volver antes de morir, y la gran mayoría contestó “a mi pueblo de origen”, como los elefantes, que vuelven a morir donde nacieron. Ahí empieza la ficción, que describe el viaje de todas estas mujeres y hombres atravesando Latinoamérica para volver al origen. En medio del viaje, hay una mujer, la protagonista, que muere y se convierte en un espíritu. 

Esa es un poco la estructura en las diferentes versiones de la obra: una peregrinación, una muerte, una vida después de la muerte, y una serie de elementos políticos que atraviesan la pieza.

PFFM – Después de hacerla en Retiro, la repetiste en Alemania, en Japón, y ahora estás trabajando para representarla en Suiza. ¿Qué aprendiste con esa experiencia, digamos, más universal?

MC – Es increíble la cantidad de cosas en común que puede haber entre una mujer boliviana de Retiro y un viejo campesino alemán, o una anciana japonesa. Yo no esperaba que fuera así. Hay dos elementos muy fuertes: la tierra y Dios, o la fe. Son dos dimensiones con las que la gente mayor tiene una relación muy fuerte. Y fue así en los cuatro países. En Retiro quizás no sorprenda tanto, porque son mujeres nacidas en zonas rurales, lo mismo que ocurre ahora en Suiza, en una zona de campesinos en la montaña. Pero es algo que en Japón también ocurrió. Es interesante. El proyecto va un poco a contrapelo del mandato posmoderno de denegar la dimensión de la fe, y los viejos valoran mucho un espacio donde puedan expresarse de maneras diversas. No todos lo hacen bajo la forma de una religión concreta, pero hay un horizonte del más allá presente en el corazón de toda la gente con la que trabajo. 

PFFM –  Siendo que en la cultura, y en el “consumo” cultural, esto que vos llamás posmoderno está muy presente. ¿Qué pasa con esa dimensión trascendente del lado del público?

MC –  Creo que la obra tiene la virtud de presentarse desde un lugar que genera cosas raras. Es como si te tocara un poco el bichito del misterio. Obviamente, la pieza no hace militancia de ninguna religión concreta. Sólo abre el espacio del misterio. Pero algo pasa. “Soy un judío gay, estoy cargando la Vírgen de Cacupé, y está buenísimo” me dijo una vez un espectador. Es así, de repente escuchas estas cosas. En Japón había un viejo sintoísta que se encantó con la movida, e hizo una ceremonia para bendecir el escenario. Resulta que llovió veinte días seguidos y no llovió el día de las dos funciones. Fue una especie de milagro. Esa libertad de Japón me gusta. Tiene una religiosidad que no está tan reglada por lo social. Algo como decir “soy católico, pero rezo en cualquier lado”. Por eso me interesan las religiones como puentes. Es más expansivo, más llamador, incluso, acercar la palabra del misterio sin tanta reglamentación alrededor.

“El proyecto va a contrapelo del mandato posmoderno de denegar la dimensión de la fe, y los viejos valoran mucho un espacio donde puedan expresarse de maneras diversas. Hay un horizonte del más allá presente en el corazón de toda la gente con la que trabajo.”

#PFFM – Uno de los ejes de análisis del Polo Formativo es Argentina entendida como una periferia anómala. Toda periferia, todo pueblo en general, visto de cerca, tiene su singularidad. En el caso argentino, encontramos ciertas formas, culturales, políticas, existenciales, que la hacen singular también a nivel de la región. Mencionaste que tu experiencia por el mundo te llevó a encontrar algo común en la condición humana: esta relación con lo trascendente y con la raíz y la tierra ¿Te llevó a encontrar algo singular en Argentina?

MC – Creo que Buenos Aires es una de las pocas ciudades del mundo que todavía entremezcla algo de Primer, Segundo y Tercer Mundo. Tiene unos contrastes enormes, algo distinto a otras ciudades latinoamericanas, y además preserva el puente de una clase media muy numerosa. Buenos Aires es un lugar que mezcla todo, y tiene sus particularidades. Yo viví en Guatemala, y ahí no hay un cruce social muy amplio. No hay clase media. 

En relación a Europa, en Argentina veo diferencias en algunos elementos que se mezclan con ciertas cuestiones que están de moda. En los mismos actores puede convivir una posición progresista y una fe católica, o la idea de justicia ligada a un partido político que tiene entre sus banderas al pueblo. Son mezclas que no existen acá en Europa. El peso de la razón es muy fuerte. Ahora mismo, me encuentro trabajando en un proyecto sobre la idea de pueblo y el surgimiento de la ultraderecha en Europa. Es un desafío que tenemos en Argentina: cómo articulamos los cambios no queriendo arrasar con todo lo distinto y todo lo anterior. Es un gran peligro que tenemos. Podemos perder cosas muy valiosas si caemos en una de perseguir al otro porque no habla como nos gusta, o no usa un lenguaje inclusivo. Va con el pensamiento latinonamericano estar dispuestos a amalgamar. 

Es archiconocido el apotegma del neoliberalismo del “fin de la historia”, donde los cambios se habrían terminado y solo queda una libre elección de los consumos. Ese es un componente contra el cual Latinoamérica conserva elementos muy valiosos de interacción, porque son históricos, como el sincretismo religioso. 

#PFFM – No regalar la idea de pueblo es una conversación que siempre tenemos con los colegas europeos. En el sentido de que más que horrorizarse por la idea de pueblo que propone la derecha, habría que preocuparse por no regalarles la idea, a priori. 

MC-  Mi nuevo proyecto, que se llama “Wir sind das Volk”, va al mentón de este tema. Significa “somos el pueblo”. Es una consigna usada históricamente por la izquierda, y que fue el eslogan de la ultraderecha en las últimas elecciones. El apoderamiento de la idea de pueblo es total. Creo que hay que tener cuidado también con el apoderamiento de las buenas intenciones. El infierno está plagado de buenas intenciones, suele decirse. Y hay muchas buenas intenciones que mal gestionadas pueden tener un resultado parecido, y darle de comer a la derecha. 

PFFM – ¿Qué aprendiste de la idea de pueblo haciendo La velocidad de la Luz?

MC – Mucho. Trabajar en la Villa 31 me transformó la vida. Hizo que encontrara un sentido propio donde entra la fe, la tierra, y el amor. Porque es un proyecto que tiene mucho que ver con el amor. Nunca hay que perder eso de vista. El amor en la política es central. Además, aprendí que los seres humanos somos muchos más parecidos de lo que creemos. Los que viven dentro de Retiro no se sienten tan diferentes a los que están afuera de Retiro. O en todo caso, tengo las mismas diferencias con María, que es boliviana, que María con Marta, que es paraguaya. Y todos somos amigos. Nuestro grupo de WhatsApp lleva cinco años sonando. También aprendí el valor del compromiso concreto, que es estar en un tiempo concreto. Y no es algo de comprometerse con el otro, sino de comprometernos todos con todos. En la vida de las redes sociales la noción de dar el tiempo concreto para el otro se perdió un poco. Siempre me gusta repetir una frase mesiánica del Che Guevara: “Ser solidarios es correr los mismos riesgos”. Llegar a eso es mucho, pero al menos podemos, si no vamos a compartir los mismos riesgos, compartir un poco del tiempo. Eso me lo enseñó también estar en la Villa 31.

PFFM – En la raíz de tu obra hay una crisis de sentido.  Nuestro proyecto del Polo Formativo del Fin del Mundo nace con la intención de identificar una crisis de sentido en general, de las militancias, de las instituciones, todas ellas con un fuerte compromiso histórico y social de transformación. El guión tradicional sería que la crisis le viene a un empresario sumergido en la locura de la city financiera. Pero no es así. La crisis de sentido, el anonadamiento, también resulta de una cierta optimización de las mejores intenciones. Tu experiencia habla de una búsqueda que encontró algo significativo. ¿Cómo cargarse de sentido en el tiempo complejo que se viene?

MC – El padre Carlos Mugica dijo alguna vez que la villa es el subconsciente de los porteños. Mi crisis vino por cuestiones muy personales, pero también por sus incentivos de la política. Lo que me agotó fue una visión sesgada solamente por el eje horizontal. El eje horizontal no alcanza. Uno se termina cansando. Tenía mis razones para no volver a Argentina, cosas mías, pero elegí volver. Y ahí, lo de la 31 fue importantísimo. Generamos un espacio donde todos nos abrimos a un proceso de transformación. En las reflexiones del año pasado en el seminario del PFFM lo conversamos. Hay un peligro en las ONG’s, y tiene que ver con la necesidad de salir de la idea de que uno se acerca al otro meramente para ayudar. Eso no quita, por ejemplo, que en la crisis del Covid-19 hayamos salido con el grupo de la 31 a llevar frutas y verduras cada 15 días. No quita que no haya solidaridad de lo concreto. Pero el proceso de transformación tiene que ser para todos y todas. Lo que pasa es que se abre algo distinto para la construcción. Se trata de salir de la idea occidental de linealidad entre emisor-receptor. Nada quita que yo sea el director y ellas las actrices. Pero en lo profundo, hay un proceso de transformación donde se abren conexiones mutuas.

Pasan cosas muy sorprendentes cuando se abre el espacio. Acá en Suiza, una de las mujeres actrices está atravesando con sus hijos una situación de conflictos muy parecida a la que yo viví con mi madre. Entonces empiezan a darse charlas, desde culturas tan lejanas, donde nacen conexiones. En la villa de Retiro, había un actor que sufría de alcoholismo, no hablaba con sus hijos hacía años, y la historia de su personaje era volver a donde nació para encontrarse con ellos antes de morir. Después de la función, en el verano, se fue a Chascomús a encontrarse con sus hijos. Se murió ahí. Impresionante. 

En la Villa 31 pasó otra cosa muy mística también. Nosotros ensayamos en la capilla del barrio Güemes. María, la protagonista, se recostaba siempre en un banco cuando su personaje moría en la obra. Dos días antes de presentar la función, falleció una mujer que había participado de los primeros ensayos y después dejó. Cuando llegamos a la capilla, el ataúd estaba puesto exactamente en el lugar donde María se acostaba para actuar de muerta. Y el cuerpo de la mujer fallecida estaba ahí. Fue una cosa de locos. 

Creo que la receta está en unir esto: transformación de todos, misterio, amor. Después claro, hay que pelearse cuando hay que pelearse. No es una cuestión de consignas de amor e idealismos. Pero repito, en eso los latinos tenemos un valor. El proyecto acá es interesante también. Es un pueblo de campesinos de montaña.

PFFM –  “Somos el pueblo” es casi una definición técnica de teatro, refleja su función catártica, de espejo de la vida y el alma. En el “tiempo compartido” también resuena una definición. Hay un tiempo de estar juntos, pero también hay un espacio, y un espacio com-partido, partido entre público y actores, y unificado por esa misma relación. Son dos resonancias. ¿Qué significa para vos el teatro?

MC – El teatro que yo hago tiene mucho tango, danza, cuerpo, historia, escritura. Creo que cuando el teatro no está tan ligado a la representación de un personaje previamente escrito, es un dispositivo que aborda otros niveles para pensar en la política, en la vida, en lo que se puede construir, cuando pasa a veces que la palabra se nos puede llegar a empastar. El teatro tiene algo de conexión con el misterio, con lo sagrado, que no puede representarse sólo con palabras. Creo que es algo presente, incluso el teatro hecho por gente que no tiene ninguna fe en nada. Hay un juego del cuerpo a cuerpo que es tremendo. Las mujeres que actúan enfrente tuyo por ahí vienen de diez fronteras distintas, pero de repente te bajaron las diez fronteras de una bailando todas juntas. Eso es muy potente del teatro.

“En la villa 31 generamos un espacio donde todos nos abrimos a un proceso de transformación. Entonces se abre algo distinto para la construcción. Nada quita que yo sea el director y las mujeres del barrio las actrices. Pero hay un proceso de transformación donde se abren conexiones mutuas.”

PFFM – Hay veces que los dramaturgos aseguran que son agnósticos, pero después ves sus obras y dan ganas de decir “no te creo”. La obra de teatro esconde algo que no se agota en la razón, o en la mera identidad personal. Vos hablabas del eje vertical en el arte. ¿Qué le puede aportar el teatro al eje vertical de otros compromisos, como puede ser el político y la militancia?

MC – En la Villa 31 trabajamos con una mayoría de mujeres católicas, pero algunas eran evangélicas. El tema del aborto, por ejemplo, fue vivido con diferentes posiciones, muy antagónicas. Pero lo valioso es poder llegar a un marco donde ser parte del pueblo no implica necesariamente estar de acuerdo todos con todo. Así trato de hacerlo en ese pequeño pueblo, o pequeños cosmos, como me gusta decirle, que generamos al momento de preparar la obra. Los equilibrios de un proyecto en conjunto tienen que ver con que se respete eso. Pero también los equilibrios personales. Me considero una persona de fe, pero hablo de la dimensión de la fe y lo hago con mucha libertad. Digo que soy católico, pero reconozco muchas cosas que no tienen sentido. Cuando la obra tiene un sentido de fe puede tocarse con el catolicismo, con el sintoísmo, con la religión que sea. Lo interesante es salir del marco rígido que tienen las religiones, lo que no implica que cada quien lo viva como quiere. Pero al hacer arte, cuando se toca lo sagrado,  deja de interesarme la mitad de lo que propone la Iglesia católica. No todo me parece tan simple como se ve: la idea de la confesión, la idea del pecado. Son cosas complejas. Muchas veces, peligrosas, si no son bien llevadas o interpretadas. Y lo valioso es poder compartir lo sagrado sin tener que pelear por las formas. 

PFFM – ¿Qué obra de teatro te impactó como espectador, o como hacedor de teatro que mira el trabajo de otro?

MC – Una sola es muy difícil. De las obras que vi ultimamente, me impactó bastante la de Lola Arias sobre Malvinas: Campo minado. Me pareció una pieza importante, muy fuerte. Creo que de alguna manera nombraba parte de cómo entre dos sectores tan enfrentados hay otra parte que los está haciendo mierda a todos. En las consecuencias de la guerra se ve muy claro. La trilogía del trabajo de John Berger es hermosa. Es espectacular, y me influenció mucho en el trabajo de La velocidad de la Luz. También me gusta mucho Pier Paolo Pasolini, un animal. 

PFFM – ¿Cómo definirías la politicidad propia de lo que haces? 

MC – Tiene que ver con el encuentro, iluminando las zonas que necesitan ser iluminadas. Es un encuentro que no tiene porque ser totalmente plácido, pero sí cargado. Hay una frase del Tao Te King, que es: “La mejor acción contra el mal es una acción decisiva en favor del bien”. Y creo que el trabajo de la política va por ahí, buscar generar una acción en favor del bien. La denuncia es un elemento sobredimensionado en la política actual. Me interesa tratar de que sea una acción. Seguramente tengo un montón de cuentas pendientes, y contradicciones en mi trabajo, pero al menos hacemos el esfuerzo de iluminar eso. 

PARA CONOCER MÁS DEL TRABAJO DE MARCO CANALE INGRESAR AL SIGUIENTE LINK: http://marcocanale.com/project/la-velocidad-de-la-luz/

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